Ana Guerrero, psicóloga: "Elegir siempre la misma taza o un lado concreto de la cama puede proporcionarnos calma o alivio"
Hay personas que pueden dormir en cualquier lado de la cama y otras que, incluso cuando están solas en un hotel , terminan colocándose exactamente en el mismo lado que ocupan en casa. También están quienes tienen una taza favorita para el café, eligen casi siempre el mismo asiento en la mesa o sienten que en el sofá hay un sitio que, de alguna manera, es "el suyo".
Son pequeñas costumbres que repetimos casi sin darnos cuenta y que, aparentemente, no tienen demasiada importancia. Sin embargo, detrás de estos gestos cotidianos hay mecanismos psicológicos interesantes. Porque repetir una conducta conocida nos evita tomar decisiones , pero también puede proporcionarnos una s ensación de seguridad, control y continuidad en un mundo en el que muchas otras cosas escapan a nuestro control.
"En ocasiones se debe a una necesidad inconsciente de buscar un entorno controlado, seguro y previsible", explica Ana Guerrero Braña, psicóloga del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP). Y añade que estos microhábitos cumplen también una función adaptativa , ya que ayudan al cerebro a reducir la carga psicológica que supone tomar decisiones continuamente.
A lo largo del día nuestro cerebro tiene que enfrentarse a infinidad de elecciones . Algunas son importantes y otras tan pequeñas que apenas somos conscientes de ellas: qué nos ponemos, dónde nos sentamos, qué taza cogemos, por dónde vamos al trabajo o en qué lado de la cama dormimos.
Automatizar algunas de estas decisiones nos simplifica la vida . "Toda conducta que se transforma en un automatismo mediante aprendizaje repetitivo constituye cierta certeza en el maremágnum de inseguridad diaria, generando una sensación de continuidad o rutina", señala Guerrero Braña.
Por eso, tener una taza favorita no significa necesariamente que exista una necesidad excesiva de control. En la mayoría de los casos estamos simplemente ante un hábito que nos resulta cómodo, familiar y agradable. No tenemos que decidir cada mañana dónde tomar el café: cogemos nuestra taza y lo hacemos.
La repetición tiene además una explicación cerebral. Según explica la psicóloga, cuando repetimos comportamientos como elegir siempre la misma silla o utilizar la misma taza, el cerebro fortalece determinadas conexiones neuronales mediante la neuroplasticidad . Cuanto más repetimos esa conducta, más fácil y automática se vuelve.
"Si, además, junto a ella o tras ella hay un resultado positivo, como una sensación de calma o alivio, contribuirá a su vez a reforzar la conducta ", explica la especialista.
Aprender algo nuevo exige atención y recursos cognitivos. Sin embargo, cuando una conducta se automatiza deja de requerir ese esfuerzo constante. En cierto modo, el cerebro aprende: esto ya sé cómo hacerlo.
De ahí que las rutinas puedan tener un efecto tranquilizador . Frente a un día lleno de imprevistos, hay pequeños gestos que permanecen iguales: el café en nuestra taza, nuestro sitio habitual para desayunar o ese lado de la cama al que regresamos cada noche.
La situación resulta todavía más curiosa cuando otra persona ocupa ese espacio.
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