Los mallorquines están dejando de comer caracoles y, como consecuencia, su población está creciendo tanto que tienen asustados a los agricultores
Este verano, el campo mallorquín tiene un protagonista inesperado: el caragolí.
El pequeño caracol de tierra —Theba pisana según su ficha científica— se multiplica sin control.
Cada vez menos mallorquines salen a perseguirlos con un candil después de la lluvia.
Y la caída de consumo preocupa a payeses y técnicos agrícolas por igual.
Las fincas con un manejo ecológico más equilibrado apenas lo notan, pero en cultivos jóvenes de brotes todavía tiernos la plaga está pegando fuerte.
Jordi Ortiz , técnico de la Associació de la Producció Agrària Ecològica de Mallorca (Apaema), señala dos culpables.
El primero es cultural: las caragolinades —salidas familiares a recoger caragolins para comer— funcionaban también como control biológico.
Esa costumbre está dejándose de lado.
El segundo es agronómico: la agricultura regenerativa , en auge por sus ventajas para el suelo, deja más materia orgánica y cubierta vegetal sobre el terreno.
"Cuanta más hierba hay, mayor es su proliferación".
Pequeño pero matón .
Puede parecer inocente pero come que se las pela.
De concha clara y finas bandas oscuras, el theba pisana puede convertirse en una auténtica plaga agrícola cuando las condiciones acompañan.
Mide entre 12 y 20 milímetros y pesa unos pocos gramos, pero es hermafrodita y puede producir cientos de huevos al año.
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