'Tarántula'
Mi padre se ponía enfermo cuando yo llegaba del colegio y le contaba que alguien me había pegado o que alguien en quien confiaba había roto esa confianza haciéndome pasar un mal trago o dándome la espalda en el momento menos pensado.
En lugar de minimizar la situación o consolarme, su forma de protegerme era invariablemente decirme que era demasiado buena tirando a boba, que confiaba demasiado en los demás y que, si me daban una torta, yo tenía que dar tres.
Yo le decía que sí a todo, que la próxima vez lo haría así y, por supuesto, lo que hacía la próxima vez que me ocurría algo de ese estilo (y sucedía casi a diario) era no contárselo.Sé que sus consejos tenían buena intención: a él le parecía que, siendo fuerte y agresiva, me iría mejor en la vida y sufriría menos.
Supongo que es algo que todos los padres tememos: que alguien hiera a nuestros hijos, que les hagan daño, y creemos que, si los criamos fuertes (o al menos sin que se les note la vulnerabilidad), les evitaremos muchos sufrimientos.He recordado estas vivencias de infancia –que poco o nada tienen que ver con el mundo que cuenta esta novela que había olvidado completamente– al leer Tarántula , de Eduardo Halfon, que relata un verano en la vida del escritor en un campamento de verano en Guatemala al que es enviado por sus padres.Campamento que deviene una absoluta pesadilla cuando los niños y las niñas que allí acuden son obligados a vivir como si estuvieran en un campo de concentración, con la estrella de David en el brazo.
Me ha fascinado cómo Halfon narra la manera de mostrar una identidad judía de algunas diásporas en la segunda mitad del siglo XX, que no se transmite solo por la religión, la familia o una cultura común, sino también por la memoria de la persecución y esa idea terrible de que casi habría que haber sufrido uno mismo para comprender correctamente qué se hereda.
En un momento, nos encontramos con adultos que están convencidos de que la mejor manera de construir una generación más fuerte es reproducir en niños las violencias que precisamente se supone que les deben enseñar a no olvidar, disfrazándose de SS en la selva y aterrorizándolos, haciéndolos vivir un minicampo de concentración.Pedagógicamente, hay maneras mejores, diría yo, que jamás le he visto la lógica a la expresión «Lo que no te mata, te hace más fuerte».
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