Meg Lowman: «Hay más agua en las copas de los árboles que en los ríos»
Un momento iniciático define la personalidad intrépida y pragmática de Meg Lowman.
Tenía 25 años.
Había pedido prestadas unas cuerdas de espeleología para trepar hasta la copa de un árbol en un bosque pluvial de Queensland, en el noreste de Australia.
Nadie le dijo cómo hacerlo, pero ella inventó su propio sistema para subir.
En el bajo bosque se le llenaron las piernas de sanguijuelas, pero eso no la detuvo.
Dos amigos la esperaban abajo temblando, pero ella aún temblaba más.
A los 30 metros (cuando todavía faltaban 15 para llegar a la copa) se encontró con el milagro: «Todo tipo de criaturas volando, reptando, polinizando, eclosionando, hurgando, tomando el sol, cantando, apareándose, acechando...
Un nuevo mundo prácticamente invisible desde el suelo forestal».
Lo cuenta en su libro La arbonauta , unas emocionantes memorias sobre una vida dedicada a la investigación y divulgación científica acerca del dosel arbóreo (el techo de los bosques), publicadas por Galaxia Gutenberg, que resuenan como el aviso de Casandra en el aciago verano de los incendios, pero también como una carta de amor al corazón verde de nuestro planeta.
XLSemanal. ¿Es verdad que sabemos menos del dosel forestal que de las profundidades marinas o de la bóveda celeste?Meg Lowman.
Sí, y por eso lo llamo el Octavo Continente.
Está justo por encima de nuestra cabeza, pero apenas se le ha prestado atención científica.
Sabemos de qué están hechas las rocas lunares.
Y, aunque todavía queda mucho por saber del fondo marino, el buceo es algo muy accesible.
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