Cabalgar una pavesa
Qué subyugante y sugestiva es la visión del fuego en una chimenea.
La literatura española está llena de escenas parecidas.
Alguien llega una noche de invierno a una venta.
Fuera llueve.
Al abrir el portalón del zaguán se cuela un golpe de aire gélido y una tromba de agua encharca algunas lajas.
Alrededor de una mesa hay unos huéspedes que, curiosos, vuelven sus cabezas, pero al punto se desentienden del recién llegado, y siguen conversando.
El viajero esparce su mirada alrededor, y da unos pasos hacia la chimenea.
Arden en el llar tres o cuatro tueros de encina.
El resplandor del fuego ilumina la estancia.
No hay otra luz, que allí es hepática y hace temblotear las sombras.
Frente al fuego hay un tipo de aspecto inquietante.
Él no se ha movido cuando la tromba de aire helado le golpeó la nuca.
A su lado, una silla vacía.
Ha puesto en ella a secar una pesada capa, que desprende un vapor blanquecino y un acusado olor a establo.
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