María Corina Machado, ante la última orilla
La tarde del 22 de septiembre, bajo el calor húmedo de Panamá, María Corina Machado observa la enorme extensión del océano Pacífico desde un piso a más de 50 alturas.
El apartamento es enorme y está casi vacío.
Las voces producen algo de eco.
No parece un hogar vivido, sino un lugar de paso, un piso franco.
En un cuarto hay una pequeña isla de trabajo, con conexión a internet, una libreta abierta, un ordenador.
En la bahía, a lo lejos, hacia la derecha, se distingue el punto desde el que debía zarpar la pequeña embarcación que iba a llevarla de regreso a Venezuela, de hecho a esta hora debía estar ya rumbo a su país.
Pero no salió.
Tampoco los vuelos de después.
Machado acaba de volver de otro intento frustrado.
Había regresado con una maleta de cabina y un pequeño bolso impermeable.
Viajaba sorprendentemente ligera para alguien con semejante bagaje, una premio Nobel de la Paz con casi todas sus pertenencias reducidas a lo que puede cargar consigo.
Una vez más, no había podido regresar.
Y aun tras esa sucesión de planes, esperas y negativas, esta mujer repite, con convicción: «Yo no soy ninguna víctima».
Esta es, al fin y al cabo, la lucha de su vida.
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