Cuando las cosas rompen en Triana
Joselito Acedo, hijo de José Acedo, mamó la guitarra de su padre y de Rafael Riqueni.
Ahí es nada.
Es decir, se bebió el río por la orilla del compás y se tatuó el arrabal en las yemitas de los dedos.
Quizás por eso, lo que trae a la Bienal no podía llamarse de otra manera que 'Patio', el lugar donde se aprenden las cosas viendo, sintiendo, gozando.
El sitio donde la academia está llena de baldosas y de lecciones que se enseñan con el componente rebelde de la docencia anárquica.
La que se absorbe por inercia.
La noche cae a plomo.
En el Teatro Alameda hay un ambiente bastante más juvenil de lo habitual.
José Acedo sale a escena con una camisa de lunares por fuera y abrochada hasta arriba, acompañado por su cuadro; percusión, bajo, coros y jaleos.
El lema se resume bien rápido en aquella letrilla de Manuel Molina: «Pídeme lo que quieras, pídeme lo que te dé la gana, pero no vayas a pedirme que me vaya de Triana».
La madera de Joselito trae fuego en el compás, alfarería en las cuerdas.
Ismael de la Rosa y él departen en la oscuridad, el cante pone el dedo sobre la llaga de los interludios de la sonanta.
En solitario, los seis alambres evocan un aire árabe que renace en hondura cuando los pulgares cambian la incógnita por la solución.
Música de fuente, llanto de ficus, gorriones brujuleando.
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