Displicencia injustificable
El aspecto más ofensivo de la crisis de Ceuta es la forma en que el Gobierno amoldó su respuesta a las prioridades personales de Sánchez.
Al presidente le sorprendió el asalto a pie del Falcon, a punto de irse a la Mareta , y lo abordó con una displicencia indignante.
Estuvo un rato en la ciudad invadida, sin pisar la calle para que nadie lo molestase, le dio a Marlaska una orden que éste no cumplió –la de quedarse allí hasta que la situación se volviera manejable– y se largó a Canarias dejándole el marrón a las autoridades locales y a los ministros que fueron apareciendo por turnos sin aportar soluciones eficaces.
Para el teórico líder de la nación, el conflicto se acabó cuando Marruecos permitió volver a la mayoría de los ocupantes, y a partir de ahí el asunto quedó reducido a un problema logístico menor, una cuestión de detalle por la que no merecía la pena abandonar la confortable compañía de sus invitados y familiares.
Es posible que en su burbuja egotista ni siquiera calculase el coste de esas vacaciones en términos de imagen, el demoledor desgaste reputacional ante una opinión pública estupefacta por semejante espectáculo de abandono de responsabilidades.Ahora trata de impostar seriedad tomando –tarde, mal y a medias– algunas de las medidas que se han echado en falta en estas tres semanas largas.
Y siempre eludiendo el meollo del problema, el desafío de soberanía planteado por el país vecino sobre las plazas norteafricanas.
Cuando hasta su ex director de seguridad nacional, el general Ballesteros , habla de estrategia híbrida marroquí para presionar a España, Pedro se empeña en encapsular la crisis como una emergencia migratoria más, una simple contingencia humanitaria bajo la que esconder –con ayuda de su potente aparato de propaganda– la verdadera dimensión política de una invasión planificada o consentida, y en cualquier caso aprovechada, por un régimen acostumbrado a conjugar alternativamente la colaboración y la amenaza.
El mismo régimen que hace cinco años le hackeó el teléfono y envió sobre Ceuta otra oleada, el que hace cuatro –¿causa y efecto?– le obligó a amparar su reclamación territorial del Sáhara.Este conato de reacción alicorta y a destiempo tal vez le sirva, ya veremos, para aparentar sentido de Estado, tranquilizar a los votantes incapaces de explicarse su silencio y, con suerte, aplacar la contrariedad de los socios europeos.
Lo que ya no podrá es borrar la penosa impresión de desapego transmitida durante el largo retiro lanzaroteño.
El escándalo de un gobernante que se quitó de en medio mientras todo el país contemplaba el caos causado por el desbordamiento de una frontera sin custodia donde cinco guardias y cinco buzos afrontaron una avalancha de sesenta u ochenta mil extranjeros.
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