Ana Galán, psicóloga: "El adolescente puede no querer ese abrazo de sus padres delante de sus amigos y, en cambio, quedarse 20 minutos hablando en la cocina a las once de la noche"
Hay cambios en la crianza para los que nadie te prepara. De pronto, ese niño que te contaba hasta el último detalle de su día, ahora entra por la puerta, suelta un 'hola' a secas y se encierra en su cuarto. Sentir que pasas de ser su persona favorita en el mundo a molestarle casi con solo respirar da un vuelco al corazón. Desde la psicología, este choque emocional que viven los padres de hijos adolescentes se parece mucho a un pequeño duelo: el de despedir esa etapa de intimidad total para aprender a querer desde una nueva distancia.
Ana Galán , psicóloga y divulgadora en salud mental (@anagalanpsicologia), analiza las claves tras este distanciamiento, explicando por qué no responde a una ruptura del vínculo ni a un rechazo personal, sino a una reorganización cerebral y a una tarea evolutiva sana. Frente a la tentación de reaccionar desde la herida o el hipercontrol, la experta ofrece pautas para aprender a interpretar los nuevos lenguajes del afecto y transformarse en esa base segura a la que el adolescente siempre sabrá volver.
Pasar de ser el centro del universo de un niño a sentirse un estorbo para un adolescente provoca un choque emocional en los padres. ¿Por qué se vive muchas veces como un proceso de duelo o rechazo personal?
Hay un momento que muchos padres describen casi con las mismas palabras: un día tu hijo te contaba absolutamente todo lo que le pasaba en el colegio y, de pronto, entra en casa, dice hola y sube directo a su habitación. Lo que está ocurriendo ahí es que no solo están viendo cambiar a su hijo; están perdiendo una forma de relación que durante años les ha dado un lugar muy claro. El niño que buscaba constantemente su mirada, que quería contarles todo, que pedía que estuvieran presentes, empieza a necesitar intimidad, a cuestionar opiniones y a encontrar una parte cada vez mayor de su mundo fuera de casa. Es completamente comprensible que eso remueva. Por eso hablo muchas veces de un pequeño duelo . No se está perdiendo al hijo: se está despidiendo una etapa del vínculo. Y, como en cualquier transición importante, aparecen la nostalgia, el miedo y cierta sensación de pérdida. El problema surge cuando los padres interpretan esa necesidad de autonomía en clave personal: ya no me quiere, ya no le importo, algo he hecho mal. En realidad, gran parte de esa separación es una tarea evolutiva sana. El adolescente necesita empezar a descubrir quién es fuera de la mirada de sus padres, construir criterios propios y ensayar una identidad más independiente. Que un adolescente necesite alejarse un poco no significa que el vínculo se esté rompiendo ; muchas veces significa justo lo contrario, que está creciendo. El reto para los padres es aceptar que su papel cambia, no que se acaba. Dejan de ser el centro permanente de la vida de su hijo para convertirse en la base segura a la que puede volver cuando lo necesita.
Cuando un adolescente se encierra en su habitación, responde con monosílabos o prefiere a sus amigos, ¿qué está ocurriendo realmente en su cerebro y en su desarrollo emocional?
Está ocurriendo algo bastante más complejo que volverse rebelde.
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