La felicidad era un palo
La semana pasada falleció mi perra.
Si existiera una imagen capaz de encarnar la felicidad más absoluta era ella: Ester, sin hache y con un palo.
No necesitaba más, morder un trozo de naturaleza, robarle un cachito al mundo y correr con la brisa en la cara.
La felicidad era un palo.
La pasada semana también estuve en Alcázar de San Juan, donde, en un restaurante, me sirvieron una pata de cordero con "taba", como me advirtió el camarero.
Al verla, mi memoria viajó cuarenta años atrás.
Recordé a mi abuelo jugando a las tabas, limpiando con mimo ese hueso final de la pierna para transformarlo en su entretenimiento.
La felicidad era un hueso.
En ese mismo restaurante me regalaron una navaja, un objeto simple y hermoso, usado ancestralmente, en esa tierra, para pinchar un trozo de pan y rebañar una olla de gachas.
Un gesto sencillo, como el de cortar unos bocadillos en la Puerta del Sol, que logra unir a una comunidad alrededor de una idea, lejos de usarse para agredir a cualquiera.
La misma herramienta que abrazaban los pastores, con ella, tallaban un trozo de madera del campo, matando las horas muertas mientras sus ovejas pastaban.
La felicidad era una navaja.
Un hogar es el refugio sagrado donde soñar, llorar, reír, aburrirte e incluso donde morir Me gusta pensar que la escultura nació así, del noble arte de aburrirse.
Hoy, el aburrimiento es un lujo en extinción como advierte el filósofo coreano Byung-Chul Han.
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