La espiral de engaños de Iván y sus secuaces para adquirir casas de ancianos a precios ridículos
Un plan, tres fases y la premisa de cumplir el método siempre a rajatabla.
He aquí un ejemplo: un chico joven, bien peinado y embutido en un traje impecable, llama al timbre de un anciano que sopla ya más de 90 primaveras.
Se presenta como un simpático comercial , lenguaraz y comprensivo, perfecta compañía para otra de tantas mañanas marcada por la soledad.
La elección, como ya pueden imaginar, no es casual.
Con la excusa de vender un producto que su interlocutor no necesita, véase una mirilla de seguridad, un generador de ozono o un purificador del aire, el supuesto empleado inicia una batería de preguntas personales.
Se interesa por su familia más cercana, de igual forma que haría un amigo o un vecino de toda la vida.
Y todo para colocarle el objeto de marras a un precio mucho más elevado del que dicta el mercado.
Pero ese dinero, a estas alturas del engaño, es aún lo que menos importa.El objetivo de esta fase inicial no es otro que ganarse su confianza, a fin de llevarse firmado un primer contrato de financiación. «Tenemos casos en los que compraron una mirilla por 4.800 euros cuando su valor real es de 140», explica el jefe de la sección de delitos económicos de la UDEF de Madrid, Juan Miguel Hernández.
Así, con la deuda generada fruto de las sucesivas transacciones rubricadas, la espiral de engaños no para.
Es entonces cuando entran en acción otros miembros de la red, supuestos asesores jurídicos que conocen de su situación y prometen hacer todo lo que está en su mano para salvarlos. «Con la justificación de que ellos se encargan de todo, les piden que dejen de pagar, lo que en la práctica les crea una situación de morosidad», añade el investigador.
Esta circunstancia provoca que las financieras, totalmente ajenas a la treta, reclamen el dinero por todas las vías, incluida la judicial.
A partir de ahí, conscientes de la desesperación de las víctimas, los falsos comerciales regresan a escena con la única solución posible: vender la nuda propiedad de sus viviendas a precios totalmente irrisorios.
Para muestra, uno de los pisos afectados, valorado en 430.000 euros pero cuyo monto en esta fraudulenta compra fue de solo 30.000 euros.
Y eso no es todo. «Acordaban pagar ese dinero a plazos, alrededor de 1.000 euros cada mes, de tal manera que si el damnificado fallecía antes, se quedaban la casa sin tener que pagar más», sostiene Sergio Ortega, adscrito a la Comisaría de Alcalá de Henares y otro de los agentes implicados en la operación.
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