Fernando Caruncho, de filósofo a jardinero
Hace justo 33 años conocí a Fernando Caruncho, junto a Maru Rosales, su mujer.
Les entrevistamos para ABC en su preciosa casa oxidada y paseamos con ellos su jardín al que, según él, le faltaban cinco años para alcanzar la plenitud.Fernando y Maru se habían lanzado, con toda la fuerza de su juventud, a la aventura de la tienda de El Jardinero, al mismo tiempo que a la de crear los más bellos jardines desde su estudio, recuperando esa tradición jardinera sobria y verde, de nuestro país, heredada de romanos y árabes, que nunca debimos de perder.
Fernando nació en otoño y para él, perderse esta estación, era perderse la vida misma.
Solo daba un consejo: «Sentarse a primera o a última hora del día para observar la plenitud del celaje de los árboles y ver reflejarse la luz en los estanques hasta descubrir que se transforma en agua y el agua se transforma en luz».Estudiaba filosofía, pero un libro se cruzó en su camino y le cambió la vida, pues después de leer a Epicuro , comprendió que el conocimiento solo era posible a través del jardín: cambió las aulas universitarias por la pala, el rastrillo y el azadón en Batres y en 1979 abrió su propio estudio.Fernando despegó en esta tradición y proyectó sus escenarios al aire libre a lo largo y ancho de este mundo nuestro.
Con más de 200 jardines, repartidos entre Europa, América y Japón.
Fueron 47 años de proyectos, reconocimientos y premios que desde hace 10 compartió junto a su hijo Pedro, que tuvo la suerte de beber en sus fuentes y de toda su sabiduría.En la muerte de su padre, como ya hiciera Jorge Manrique, Pedro ha escrito esta sentida reflexión, en la que le acompañamos con todo nuestro respeto:«Mi querido padre se nos fue al Paraíso del Edén el pasado jueves.
Murió como vivió, con discreción y silencio en la intimidad de su familia y en su amado jardín, con el murmullo del agua acompañándolo y siguiendo el verso de Juan Ramón, 'la luz con el tiempo dentro'.
Se marchó un hombre, un jardinero, y con él una mirada que iluminaba el mundo y nos transformaba.
Refulge hoy una estrella en el firmamento que se une a la constelación de los grandes maestros Russell Page y Jacques Wirtz.
Nos deja un ejemplo de vida en la que el jardinero y el hombre son lo mismo: el buscador de la belleza que a través del jardín se reencuentra con la naturaleza y consigo mismo.
Durante 45 años plantó jardines en lugares muy diversos y junto a grandes personas, que, con el tiempo y el hacer juntos, se convirtieron en grandes amigos.
Su lenguaje era la geometría, sus elementos la luz y el agua; el silencio y el vacío.
Introdujo la agricultura en el jardín que junto a la conexión con el paisaje se convirtieron en su seña de identidad. 'Todo está en el cielo, no mires abajo', siempre decía.
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