La hiperprotección hacia los hijos crea adolescentes y adultos caprichosos e inmaduros
Llevo años sentada frente a padres que llegan a consulta agotados por exceso de amor.
Han organizado la vida de sus hijos hasta el último detalle: la agenda, los amigos, los conflictos, incluso las emociones que «no deberían sentir».
Y, sin embargo, algo no cuadra.
Cuanto más protegen, más frágiles se vuelven esos hijos.
Cuanto más controlan, menos preparados están para el mundo real.
Cuanto más les resuelven, menos tienen que esforzarse en pensar y actuar.A esto lo llamamos hiperpaternidad.
Y aunque esto nace desde la mejor intención, el miedo a que nuestros hijos sufran se está convirtiendo en uno de los principales obstáculos para que las nuevas generaciones maduren.El error de fondoConfundimos proteger con evitar.
Un padre protector enseña a cruzar la calle mirando a ambos lados; un padre hiperprotector cruza la calle por el hijo, indefinidamente.
La diferencia es sutil, pero sus consecuencias no: cuando eliminamos sistemáticamente la fricción, el aburrimiento, el fracaso y la frustración de la vida de un niño, le estamos privando de las experiencias que construyen la resiliencia.Desde la teoría del apego sabemos que un vínculo seguro no se construye evitando toda adversidad al niño, sino acompañándole mientras la atraviesa.
Tenemos una referencia esencial, Bowlby ya lo señalaba: la función del cuidador no es eliminar el peligro, sino ser una base segura desde la que el niño se atreve a explorar.
Si nunca le dejamos explorar, ni tropezar, ni discutir con un amigo, ni suspender un examen por no haber estudiado, no está aprendiendo a regularse.
Está aprendiendo que el mundo es demasiado peligroso para afrontarlo solo, y que siempre habrá alguien resolviéndoselo y, si no lo tiene, generará una ansiedad y miedo casi paralizante.Lo que veo en consultaCada vez llegan más jóvenes, y no tan jóvenes, con una tolerancia a la frustración mínima.
Cualquier contratiempo se vive como una catástrofe porque nunca tuvieron que gestionar uno pequeño.
Adultos de veinticinco, treinta años, que llaman a sus padres para resolver un conflicto laboral, una cita médica, una discusión de pareja y que hasta vienen acompañados a la consulta.
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