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Los cines recuperan "la violación de Cristo", de Ken Russell: la película más tiempo censurada de la historia del cine

El Mundo ·
Los cines recuperan "la violación de Cristo", de Ken Russell: la película más tiempo censurada de la historia del cine

Se estrena la versión completa de Los demonios , la obra maestra de culto protagonizada por Oliver Reed y Vanessa Redgrave sobre de la persecución religiosa, la histeria colectiva y la corrupción institucional

En su primera acepción, la noble, la RAE define blasfemia como «palabra o expresión injuriosa contra alguien o algo sagrado». Los griegos, que son los que nos legan la palabra, iban más lejos. Para ellos no era solo una falta (o pecado) circunscrita al ámbito religioso, también lo era contra el Estado. La impiedad de un individuo podía provocar la ira de los dioses y, de paso, traer consigo la ruina de la polis. Poco tardó la propia filosofía o cualquier otra disciplina o idea que cuestionara lo dado, el capricho interesado de lo establecido, en ser tildadas de, precisamente, sacrílegas. Quizá el arte, así en general, solo exista por su vocación eminentemente blasfema, por su voluntad explícita de discutir asuntos tales como la realidad, el privilegio y, ya puestos, hasta el orden y al propio Estado. En lo que a la historia del cine refiere, al lado de grandes sacrílegos como Buñuel, Pasolini o Lars Von Trier, figuraría en lugar de honor Ken Russell y, de forma muy particular, su película de 1971 Los demonios.

La cinta, tachada por algunos «como un insulto al cine» (eso dijo el crítico del muy pío L'Osservatore Romano), llega ahora a los cines debidamente restaurada tal y como la reconfiguró el propio director en 2004 después de que fuera literalmente despedazada primero por la censura británica y luego estadounidense en el momento de su estreno. Lo que se ve ahora mismo -convertido ya en material de culto contra todos los cultos imaginables- hace justicia con la leyenda y, apurando, con la misma blasfemia. De repente, ante los ojos de una audiencia quizá demasiado acostumbrados a la prosodia mortecina del lenguaje de las plataformas emerge una obra visionaria, radical, moderna y exageradamente sacrílega en el más griego de los sentidos.

Russell, conocido por sus producciones de un erotismo exacerbado al lado de su inveterada obsesión musical (con títulos como Tommy, Mujeres enamoradas o La pasión de China Blue ) concibe una reflexión extravagante, furiosa y desgarrada de la persecución religiosa, la histeria colectiva y la corrupción institucional. Y todo ello de la mano de una escenografía de un blanco impoluto diseñada por un debutante Derek Jarman y una banda sonora extraña, fracturada y desoladora firmada por Peter Maxwell Davies. Sin previo aviso, la fábula, pues eso es, del religioso sacrificado que se enfrentó al poder de la Iglesia se antoja la perfecta representación de un tiempo, el nuestro, asediado por todas las crisis posibles, incluida la de la propia verdad.

La película se inspira en la obra Los demonios de Loudon de Aldous Huxley y en la obra de teatro homónima de John Whiting. Todo discurre alrededor de lo padecido por el personaje real Urbain Grandier, un sacerdote de la Francia del siglo XVII acusado de embrujar a un convento de monjas.

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