Pollos asados
Las siglas del Partido Andalucista, bien podrían significar Pollos Asados.
Porque en ellos, en su poder vertebrador, en su mancha de sol, hay más patria que en cien mil proclamas.
Benditos sean esos días de pereza o asueto en los que con el tiempo en los talones se decide llamar para encargar uno.
Almuerzo de reyes, guarida de barrio, perfume de un vecindario arremolinado en una cola, calcando en puntos distintos de nuestra geografía la misma escena, idéntica coreografía de humanidad y civilización.
Ya saben, cartel luminoso con dos posibles variantes.
O pollos y el nombre del barrio o calle donde se encuentran.
O pollos y el apellido de la familia que lo regenta.
Mostrador metálico, y tablas con arrugas en la caligrafía donde, además de la oferta principal, el combo ganador, hay más opciones para completar el menú.
Desde la tortilla de papas al chicharrón, desde el serranito al filete empanado o las croquetas.
Hay también gazpacho y salmorejo embotellados en recipientes que esclarecen cualquier duda acerca de la pureza de su procedencia.
Porque en estas embajadas de la humildad no hay que aclarar que todo es casero, solo hay que observar como el ecosistema de un hogar funciona detrás de la cristalera.
Todos van con camisetas negras.
Una mujer mayor, con el pelo recogido en una coleta, es la que regula el tráfico mientras echa mano de un cuaderno lleno de garabatos ilegibles para cualquier mortal.
Los clientes la llaman por su nombre, y ella tiene bromas o dardos personalizados para los habituales.
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