El guiño de las estrellas
No engaña la cabeza.
En los cines de verano antiguos las estrellas se encendían cuando se apagaban las luces.
Si el niño había escogido mal o si había tenido que unirse al plan de los demás y la película estaba llena de puñetazos de coreografía y malos de atrezo, siempre estaba el recurso de mirar hacia arriba y encontrar la bóveda oscura y las estrellas bordadas que hacían formas caprichosas que no era capaz de interpretar y que guiñaban, llamaban la atención y a medida que crecía le iban hablando de su insignificancia en un mundo tan grande.Pasó el tiempo, cambió la mirada a aquel cielo eterno de la noche por las luces horteras y chillonas del neón y ahora, cuando hace ya demasiado que el niño tornó a hombre aunque sin dejarle todo el sitio, en algún viaje, al mirar por la ventanilla del asiento del copiloto, se ha vuelto a sorprender con las estrellas contando en la sordina de la distancia las historias imaginadas a tantos miles de años luz y hasta se ha enfadado consigo mismo, con su vida, con lo que pasa en este tiempo, porque siente rabia de que aunque velen su sueño todas las noches, para encontrarlas tiene que hacer kilómetros y buscar en el campo deshabitado.Tuvo que venir aquel susto del apagón para que algunos salieran a encontrar encima de Córdoba el tapiz fascinante que la luz y la civilización les tenía ocultos todos los días.
Nadie querría volver a las calles oscuras, pero no deja de entristecer que ahora para disfrutar de aquella bóveda que proporcionaba a todas las culturas conocimiento , trascendencia y curiosidad para preguntarse por la vida, sea necesario apartarse del mundo e ir de expedición para disfrutar de lo que el hombre tuvo desde que lo fue.
El que este agosto haya buscado todavía el universo en los cielos limpios del Guadiato o de Los Pedroches, lejos del mundo y de los repartidores, podrá al menos caer en la cuenta, como los más listos de sus habitantes y no los políticos, que el problema no lo tiene la España vacía, sino la llena.
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