Sevilla en agosto
Casi todos los paradigmas suelen tener grietas, secretos escondidos y ases en la manga con los que acaban engatusando al que los afronta simplemente a la espera del arquetipo.
El de Sevilla en agosto, también.
El tópico anuncia tormentos, sudores, paisajes ásperos, calles sin alma, envidias de los que se marcharon y días de barbecho en los que el tiempo pesa y no pasa.
Pero no se dejen engañar.
En realidad se trata de meros matices.
Afeites baratos.
Si uno sabe fijarse y hasta dejarse llevar por el canto de la chicharra, que en realidad es un cortejo, el cliché no consigue transfigurar la esencia de esas semanas tórridas de ritmo anestesiado tan parecidas a alguno de aquellos grandes amores que se inician sin pretensiones ni prisas y terminan clavándose en el alma como una flecha.
Sin entender desde dónde ha sido lanzada.Quedarse es paladear un rato la libertad del hereje.
Claudicar sin pretenderlo al placer de una disidencia que termina seduciendo contra cualquier pronóstico.
Sí, es cierto que el aire rezuma el inquietante hedor de una batalla que parece imposible porque uno sabe que tardan en llegar los refuerzos.
Y sin embargo, la vieja urbe termina camelando con su amalgama de imágenes y sensaciones.
Sevilla en agosto embauca y hasta se engaña a sí misma para rehacerse y convertirse en una ciudad que no añora el mar porque huele la sal desde Triana surfea las olas que bañan la Alameda en los mismos pies de las columnas.
En una ciudad que reza a su patrona un día y a Santa María Trifulca los otros treinta para pedirle que calme el mercurio.
En una ciudad de nómadas blondos con maletas que sacan música a los adoquines y de abuelas que resisten al tiempo y los tiempos en las puertas de las casas bajas del Cerro.
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