Historia de un chaleco
Más corto que las mangas de un chaleco suele decirse de alguien un poco memo; esta prenda es mucho más que una chaqueta sin mangas.
Es un mensaje, una proclama, un pliego de intenciones.
Miren si no.
Cuentan que nació como ropa de guerra.
Lo usaban los soldados para abrigarse sin perder movilidad en los brazos y, algo más tarde, lo puso de moda, como tantas otras prendas, Luis XIV, influencer que popularizó el justacorps , precursor de los actuales blazers y chaquetas; las pelucas largas y rizadas, que él usaba para disimular una demasiado temprana calvicie; y los zapatos de tacón, que le gustaban porque era bajito.
El chaleco en tiempos de Luis XIV permitía toda clase de fantasías.
Cuanto más locas y caras, mejor.
Brocados delicadísimos, bordados profusos, botones de piedras preciosas… En el siglo XVIII se consolida como prenda indispensable y siquiera decae con los huracanes iconoclastas de la Revolución Francesa.
Los sans-culottes podían denostar a los decadentes calzones de seda de la nobleza e incluso cortarle la cabeza a sus portadores, pero el chaleco era demasiado cómodo como para renunciar a él.
Además, podía lucirse con los colores estrella de la época.
Los a rayas rojo, blanco y azul, por ejemplo, se consideraban muy «allons enfants d'la patrie» .
Cuánta tranquilidad da un político con su chaleco.
Me quedo reconfortadísima cada vez que los veo en la tele En el siglo XIX y principios del XX, el chaleco es ya una prenda universal.
La usaban desde los obreros de las fábricas hasta los potentados que fumaban puros, pasando por los oficinistas (en este caso, en compañía de ligas y manguitos) y hasta las sufragistas, que, prescindiendo del antipatiquísimo corsé, lo adoptaron para dar un aire más masculino a su vestimenta.
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