La Aemet y el ES-Alert de la discordia
Es muy posible que toda una generación visualice el desembarco que los aliados realizaron en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial con la imagen de Tom Hanks en la película Salvar al soldado Ryan.
Allí estaba Hanks, vestido de uniforme militar, dentro de una barcaza azotada por las olas, reflejando en su mirada la incertidumbre del futuro más cercano.Sin embargo, este viernes se estrenó una película que ofrece una visión diferente de aquel acontecimiento: la de los meteorólogos que informaban de las condiciones climáticas de los posibles días elegidos para el desembarco.
No era una cuestión menor.
Con unas condiciones meteorológicas adversas, las probabilidades de éxito podían disminuir de forma notable.La predicción de la lluvia, la temperatura, las rachas de viento o los huracanes siempre ha sido objeto de estudio, con mayor o menor grado de precisión científica.
Recuerdo que, hace muchos años, se podía adquirir en los quioscos el Calendario Zaragozano, que, además de información sobre el santoral y algunos datos astronómicos, ofrecía predicciones meteorológicas para todo el año.
Nunca tuve la tentación de comprarlo ya que no tenía la sensación de que aquello pudiera ser mínimamente fiable.Pero la tecnología avanza y hoy disponemos de sistemas de predicción meteorológica que suelen alcanzar un grado de precisión extraordinariamente superior al de aquellos calendarios.
El problema es que «bastante fiable» está muy lejos de significar «cien por cien seguro».
Y parece que este matiz resulta difícil de aceptar cuando la meteorología se cruza con la política.
Lo hemos vuelto a comprobar estos días.Los valencianos tenemos muy reciente el desastre de la dana.
Se ha esculpido con sangre en nuestra memoria.
La investigación judicial sobre su gestión ha puesto bajo el foco diferentes actuaciones y responsabilidades, pero en el debate político y mediático el ES-Alert ha adquirido un protagonismo extraordinario.El ES-Alert es un sistema de aviso a teléfonos móviles que permite informar a la población de una situación de emergencia y transmitir instrucciones sobre las actuaciones que deben realizarse.
El problema es que, entre las habilidades y las torpezas de unos y otros, aquel mensaje se ha convertido casi en el símbolo de la gestión de la tragedia: si llegó demasiado tarde, si debió enviarse antes, si la información disponible permitía hacerlo o si alguien debería haber tomado antes la decisión.
Y así, el debate ha terminado muchas veces convertido en una especie de juicio sobre un mensaje de móvil y el momento en el que se envió.
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