Las lágrimas de Pablo
El canterano que debuta crea un vínculo de consanguinidad con el aficionado sevillano.
Es como un orgullo paternal que surge en la grada, que comienza a denominarlo como «el niño»; que aplaude sus carreras, su descaro, sus ganas de triunfar.
Que ve en el niño el mismo orgullo por el escudo que compartimos desde que nos regalaron la primera equipación quienes aspiramos a cumplir ese sueño y nos quedamos embarcando balones en el patio del colegio.
Por eso nos duelen tanto las lágrimas de Pablo, un producto utilizado como palanca injusta por el club en este fútbol sin ética ni memoria.
Porque enseñar la puerta de salida a una perla que se ha criado en la casa para que regrese el hijo pródigo ese una contradicción suprema.
Las lágrimas de Pablo son las de tantos canteranos que se chocan cien veces con el palo de la impaciencia mientras a quienes vienen de fuera se les aguanta hasta el hartazgo general, quizá por el prurito del quien lo trajo y no quiere reconocer su fracaso, quizá porque el contrato es tan desorbitado que ya no quieren salir.
Pablo García no metió un solo gol el año pasado, le pudieron las ganas y la ansiedad, y tiraba arriba el balón.
No más lejos que lo lanzaba y sigue lanzando un colombiano de nombre Deossa, que vino farmeando aura y ha acabado repanchingado en el banquillo y bailando reguetón en Rosso con un salario que quintuplica al del canterano.
Las lágrimas de Pablo son las de tantos béticos que ven cómo usan a los chavales que han mamado las trece barras para solventar la papeleta ante una pésima gestión.
Porque no nos olvidemos que esto es el negocio de unos pocos con el dinero y la fe inquebrantable de quienes creemos que el fútbol, como decía Valdano, es lo más importante de las cosas menos importantes.
Este Betis que sobrevivió a la decadencia máxima salvado por la campana y la cantera ya no es el que lleva por bandera la humildad y la realeza.
Este Betis está vendido a la especulación y la tiranía del dividendo, aunque esto tampoco sepan conseguirlo.
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