¿No oyes ladrar a los perros?
A las 9.07 subía a la tribuna el hombre del traje gris, con su moreno tornasolado y ese mechón blanco como el que le salía a Stripe, el Gremlin malo.
Lo hacía con una referencia a los cañones incautados a los marroquíes en la Guerra de África, cuyo bronce sirvió para fundir los leones que hoy jalonan la entrada del Congreso.
Cambió así de género narrativo, abandonando la ciencia ficción habitual para entrar en el realismo mágico.
Me acordaba entonces de Juan Rulfo y de uno de los cuentos recogidos en 'El llano en llamas', ese en el que un padre lleva sobre los hombros a su hijo moribundo, durante la noche, camino de Tonaya, el pueblo en el que espera encontrar un médico que pueda salvarlo.
El hijo no puede andar, de manera que todo el cuento consiste, en esencia, en la imagen del padre agotado, avanzando torpemente con su vástago encima.El padre le pregunta al chico si oye ladrar los perros.
Porque está caminando a oscuras, no sabe cuánto falta para llegar y los ladridos serían la señal de que el pueblo está cerca.
Por eso la pregunta tiene una función literal: Hijo, tú que vas más arriba que yo, dime si oyes perros.
Si así fuera, significaría que estaríamos llegando.
Pero Rulfo convierte esa pregunta en algo mayor.
El padre desprecia al hombre en el que su hijo se ha convertido, un tipo violento, un delincuente, un asesino.
Y aún así está intentando salvarlo.
Por eso, durante el camino, el padre le reprocha la vida que ha llevado y le dice que, en esencia, no hace todo eso por él, sino por su madre muerta.
Es ahí donde los perros empiezan a adquirir otra dimensión y se convierten en un trasunto de la esperanza.
Mientras no se oigan, no han llegado.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC España.