Crítica de teatro 'El Cadell' (***): Entre la memoria y la perorata
'El Cadell' Autoría y dirección Josep Maria Miró Escenografía Alejandro Andújar Vestuario Albert Pascual Iluminación Toni Ubach Música Xavier Albertí Sonido Carles Bernal Intérpretes Mercè Aránega, Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G.
Alonso, Àurea Márquez, Alba Pujol, Rosa Renom, Marc Tarrida TNC BarcelonaCada estreno de Josep Maria Miró despierta expectativas.
El autor de 'El principio de Arquímedes', 'El cuerpo más bonito que se habrá encontrado nunca en este lugar', 'La mayordoma' o 'El monstruo', premiado con el Nacional de Literatura Dramática, el Jardiel Poncela o el Max, nunca deja indiferente.
Nos las prometíamos felices con 'El Cadell' (El Cachorro).
Según Miró esta es una obra sobre la memoria de una masía que concentra la «arquitectura emocional» de varias generaciones supeditadas al «Cachorro» -lo que el derecho catalán denomina «hereu» (heredero)- el primogénito que se queda con la propiedad.
El autor quiere revindicar el papel de las mujeres de su familia -madres, hermanas, tías; condenadas por el determinismo legal a roles subalternos y al anonimato, ellas constituyen el auténtica fundamento de esa «memoria de las piedras» hasta que, con la desaparición del último «Cachorro» al no tener descendencia, la destrucción material suma a la casa en las ruinas del olvido.Con este planteamiento tan ambicioso como poco original por la abundancia de sagas familiares, cabía esperar de Miró un punto de vista diferente.
Sabemos que, aunque todo está ya contado, lo que importa es la forma de contarlo.
Pero el laureado dramaturgo no satisfizo tales expectativas. 'El Cachorro' no pasa de ser un drama rural en la tradición de Ángel Guimerà, Santiago Rusiñol o Víctor Català.
Aduce Miró que ha querido rendir homenaje a esos autores, pero lo que vimos en el Nacional nos pareció un 'dejà vu'.
La obra se hace larga -suprimir texto habría sido una virtud- y los personajes previsibles y reiterativos.
En la primera hora, el autor nos presenta a las mujeres supeditadas a los deseos del Cachorro Patriarca.
Ataviadas de negro, con la tenebrosa escenografía minimalista de Alejandro Andújar, pensamos en la claustrofobia lorquiana de Yerma o Bernarda Alba.
En el segundo tramo, interior de la casa de atrezo realista, irrumpe un personaje -magnífica Mercè Arànega- que reflexiona en un prolongado monólogo sobre esa decadencia familiar y del país: el autor mete con calzador vindicaciones feministas o dicterios contra el racismo y la política.
El drama rural contemporáneo que ambicionaba Miró se queda en una perorata manierista.
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