Un barco hacia las Cíes
Mientras tomo un café a primera hora de la mañana, veo partir desde el puerto de Baiona la nave que va a las islas Cíes .
El mar es un espejo del mismo color que las nubes en ese momento.
Los barcos, amarrados en los muelles, parecen extrañamente inmóviles con sus mástiles apuntando hacia el cielo.
Tras el largo malecón que protege la bahía, despuntan las siluetas de esas dos islas deshabitadas, pero accesibles al turismo.Cuando el verano entra en su recta final y los días se acortan, no puedo evitar la sensación de melancolía de que las vacaciones se acaban.
Sentado en la terraza, a tiro de piedra del mar, sufro la añoranza de los hombres nacidos en tierra de secano por la fuerza hipnótica del océano.
Uno de mis libros favoritos es 'El espejo del mar' en el que Joseph Conrad narra sus andanzas en la marina mercante.
Hace algunos días, durante una fugaz excursión vespertina a las Cíes, José Pena, el piloto del barco, nos contó las artes de la pesca de atún en los mares de África y del Pacífico.
Los atunes son atrapados por un gran red que se va estrechando como un embudo.
El método es menos sangriento que el que se practica en Sicilia donde son abatidos con un arpón y el color del mar se tiñe de rojo.Preguntado sobre la peor tormenta a lo largo de sus tres décadas en el oficio, Pena respondió que fue precisamente frente a las costas de Baiona.
Nadie lo diría al ver la placidez del océano en agosto, pero lo cierto es que estas aguas son temibles cuando la furia de Poseidón se desata.
Por aquí circulan muchas historias sobre naufragios legendarios como el de un petrolero que ardió durante días frente al parador de Monterreal.La contemplación del mar, el olor a salitre y el ritmo regular de las olas tienen un poder curativo para quienes solo podemos disfrutar en vacaciones.
Y, a la vez, suscitan una reflexión sobre el implacable paso del tiempo y la rapidez con la que se acortan los días.
Todo parece acelerarse en esta época del año en la que uno se aferra a un presente que pronto será pretérito.Afirmaba el sabio Heráclito que el camino hacia arriba y hacia abajo son uno y el mismo.
Siempre he interpretado esta enigmática frase como un intento de expresar la fugacidad del tiempo.
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