Antes de la Historia, Solange Pessoa
El alférez Joaquim José da Silva Xavier (apodado Tiradentes) fue el único ejecutado por la Inconfidência Mineira (conspiración minera) de 1789 (el año de la revolución francesa, nada menos), acaecida en la capitanía de Minas Gerais, el centro de la economía aurífera colonial, y considerada el primer intento de independencia –inspirado en la revolución americana– del Reino de Portugal.
Lo ahorcaron y descuartizaron –esto es importante, como ahora mismo se verá– en Río de Janeiro un 21 de abril de 1792, fecha que aún hoy se conmemora y es día festivo nacional en Brasil.
Este suceso –que la artista obvió en su visita guiada, difusa y etérea, a la exposición y relató luego en petit comité– reúne algunas de sus obsesiones principales.
No el decolonialismo, no (gracias): el caballo –que entre otras cosas sirve para descuartizar eficazmente y sin esfuerzo– y la minería.Solange Pessoa (Ferros, Brasil, 1961) es renuente a hablar demasiado, pese a que el sustrato histórico, sociológico y poético de su obra tiene peso e interés, y es, no tanto porque piense que «la obra debe ser sentida», que es el argumento ingenuo que maneja, cuanto porque lo fía todo a la materia.
En la primera sala, 'Hammocks' (1999-2026), unas amalgamas de sacos impregnados de tierra roja que parecen órganos, suspendidos junto a una fantástica serie de pinturas rupestres hechas también con tierra; en la siguiente, 'Catedral' (1990-2003), la obra estrella, hecha con cien metros de cabello humano que serpentea por la sala y se eleva hasta la cubierta (aquí se refiere, como muchos visitantes, a lo «repulsivo» e incluso a lo «abyecto» kristeviano).
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