No pensar nunca en la muerte
En las grandes conmociones, siempre acudimos a Dios, además de respetar los subjuntivos, para complacer a Paul Valéry.
La muerte es la más grande conmoción, y hay que recibirla con estilo.
Dios es estilo, y por eso nos dio el lenguaje .
Aunque no sea cierto, me gusta creer que el gran Cicerón exclamó, antes de perder definitivamente la cabeza bajo la espada interpuesta de Marco Antonio: «Causa de las causas, ten piedad de mí».
Porque murió con valor y había vivido con estilo.
Montaigne, que venía de Cicerón, escribió que «filosofar es aprender a morir».
Lo mismo en agosto que en diciembre, aunque la filosofía encoge mucho con el calor.
Los meses sin erre se prestan más a la exaltación de la bagatela, «que las olas me traigan y las olas me lleven, / sin que jamás me obliguen el camino a elegir ».
Como le sucede a Núñez Feijóo, un hombre instalado políticamente en agosto.
A uno no le resulta de mal gusto hablar en vacaciones de la muerte, que no toma vacaciones.
Este periódico nos contó hace unos días que cerca del 80% de los cordobeses muertos el año pasado, se murieron por la Iglesia.
Conforme a los ritos de la Iglesia.
Un funeral católico, piensa uno, le da estilo a la muerte, nos enseña a esperarla, la hace consabida, familiar.
La mayor ventaja de la muerte contra nosotros, nos recuerda el señor de Montaigne, es hacerse extraña a nosotros.
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