Una candidatura de Estado
El respaldo del Gobierno de Pedro Sánchez y del Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo a la candidatura de Pablo Hernández de Cos para presidir el Banco Central Europeo (BCE) constituye una excelente noticia.
En un clima político dominado por el enfrentamiento, los dos grandes partidos españoles, pertenecientes a las principales familias políticas europeas, han sabido anteponer el interés nacional a sus diferencias.
Es una demostración de responsabilidad institucional que merece reconocimiento y que refuerza las posibilidades de que España alcance por primera vez la presidencia de una institución decisiva para Europa.La candidatura reúne, además, una cualidad infrecuente: resulta difícil encontrar en Europa un aspirante con mejores credenciales profesionales.
Hernández de Cos dirigió el Banco de España entre 2018 y 2024, recuperó el prestigio de una institución sometida a importantes tensiones y acreditó independencia, rigor analítico y capacidad de interlocución.
Su posterior nombramiento como director general del Banco de Pagos Internacionales confirmó una reputación que trasciende nuestras fronteras.
Una encuesta del Foro Oficial de Instituciones Monetarias y Financieras lo situó a la cabeza en cuatro de las nueve categorías examinadas, entre ellas formación monetaria, capacidad de consenso y credenciales europeas.
No estamos, por tanto, ante una candidatura sustentada en reivindicaciones nacionales, sino en méritos objetivos.Pero las posibilidades de Hernández de Cos también deben examinarse a la luz de las dificultades que afronta Europa.
El debilitamiento de sus perspectivas de crecimiento, la pérdida de competitividad y, especialmente, la delicada situación fiscal francesa anticipan decisiones monetarias extraordinariamente complejas.
El BCE necesitará preservar la estabilidad de precios sin agravar innecesariamente la fragilidad económica de sus Estados miembros.
Para semejante tarea resulta más apropiado un economista de sólida formación técnica y acreditada capacidad negociadora que un representante de la ortodoxia septentrional susceptible de despertar resistencias en las economías del sur.Ahí reside una oportunidad que Alemania podría valorar favorablemente.
Berlín, cuya influencia será determinante, tiene razones para preferir a un presidente español capaz de conciliar disciplina monetaria y sensibilidad ante las divergencias económicas europeas.
La eventual continuidad de la representación alemana en el comité ejecutivo facilitaría esa solución.
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