Vamos a la playa
Tengo la canción de los italianos Righeira metida en la cabeza por culpa de los paseos junto a una niña de dos años, y cuando consigo desterrarla de su 'playlist' (no confundir con la de Pedro Sánchez), aparece de la nada Antonio Muñoz para abrir el debate de instalar una playa en Sevilla.
Pues nada, abierto queda.
No sin mi playa, pensaría el otrora alcalde de la capital y sus asesores que, sin rechistar, le aplaudieron la idea.
Como Rojas-Marcos en San Jerónimo, o Zoido y sus piscinas fluviales en el Alamillo, el socialista quiere tener, un siglo después, su propia María Trifulca en el río Guadalquivir.
Lo que desconozco es si el futuro candidato a volver a la Plaza Nueva y los suyos han calibrado bien esta propuesta vacacional.
O, quizás, plantean 'prioridad sevillana' para darse un chapuzón.A la vista de los estragos de la masificación que arrasa con las costas más cercanas a la ciudad, habrá que valorar si es buena idea invocar al diablo del turismo veraniego como es una playa y su chiringuito.
El primero que anuncie un bar en primera línea de río y abra la lista de reservas, triunfa.
Somos así.
De verdad, ¿queremos para Sevilla lo que sufren gaditanos o los vecinos de Huelva? La masa acaba con todo y todo termina en una cola para cualquier gestión.
Cola para cenar, cola para comprar un décimo de Navidad, cola para la «mejor pizza de Rota», cola para el mejor atardecer… lo que no hay es cola para la paciencia, porque ésta también se ha ido de vacaciones.
Da pereza planificar la cena para dentro de un mes.
Esta burbuja, como tantas otras, explotará.
No sé cuándo, pero lo hará.
Por tanto, quejarse de la turistificación porque ahora gobierna Sanz y ofrecer un atractivo más, no parece la mejor solución.
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