¡A las mariscaaadas, a las mariscaaadas!
Los sindicatos que convocaron durante el Gobierno de Rajoy dos huelgas generales recibían por entonces 8,8 millones de euros de dinero público anual.
En el sanchismo, han visto incrementadas esas subvenciones hasta un 263 por ciento, subidón que se avivó con la llegada de Yolanda Díaz al Ministerio de Trabajo, a comienzos de 2020.
El chaparrón de millones no dejó de crecer.
A partir de 2022 y hasta 2024 les otorgó otro 'pellizquito' cada ejercicio.
Antes de 2025, cuando se acercaban la cenas de empresa con motivo de la Navidad, el Ministerio de Trabajo publicó la concesión de las ayudas a los sindicatos para el año siguiente que ascendían hasta una cantidad récord: 32 millones de euros.
De menos de 9 a 32.Así que dentro del muro que levantó Sánchez se vive requetebién y se 'come' mejor a costa del erario, sobre todo cuando la afiliación sindical fenece y las cuotas flaquean cuando las centrales tienen menos dinero que Carpanta, que siempre soñó con un pollo asado.
En el imaginario del dirigente-tipo sindical (ejemplos ha habido) el pollo es sustituido por las gambas y los langostinos.
En 2008 había 1.152.000 con carné de UGT, no se sabe si a corriente de pago; en 2022 (hace cuatro años que el sindicato de Pepe Álvarez dejó de contar la sangría) estaba por 939.000.
Con una gran diferencia: el SEPE tiene registrados cuatro millones de trabajadores más entre ambas fechas.
El porcentaje de afiliación sindical en España es paupérrimo (se sitía entre el 12 y 13 por ciento) si lo comparamos con, por ejemplo, Suecia, que roza el 70 por ciento, o con Italia, que raspa el 30 por ciento.
Otra gran diferencia: el 'modelo sueco' no contempla subvenciones directas del Estado a los sindicatos de allí para financiar su funcionamiento habitual o sus negociaciones pues se basa en la independencia total de las organizaciones y en la autorregulación mediante convenios colectivos.Por eso es normal que UGT y CC.OO. convoquen la huelga general para el 11 de noviembre contra la oposición –un recontradiós en cualquier país democrático (las dictaduras son otra cosa)– ante la posibilidad de perder ese modelo hipersubvencionado, de rumbosa canonjía, tras el 29J. «A las mariscadas, a las mariscadas»...
También Yolanda Díaz piensa en su futuro.
Fracasado con estrépito su proyecto político de Sumar, y completado el sexenio en el Gobierno con la ruptura del diálogo social, va a intentar optar a la dirección de la Organización Internacional del Trabajo y su sueldazo, con residencia ginebrina, que roza el medio millón de euros al año, entre unas cosas y otras.
Nada es casual, hace dos semanas, el Consejo de Ministros aprobó las aportaciones de España a la OIT, que suben un 19,4 por ciento.
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