Adiós a Juan Tamariz, el hombre que me enseñó a ilusionar
Ayer murió Juan Tamariz y, al conocer la noticia, se me cayó alguna lagrimita.
No solo porque se haya ido uno de los grandes magos de la historia, sino porque, si Juan Tamariz no hubiera existido, probablemente yo no sería quien soy.Lo conocí como tantos niños de mi generación: por televisión.
Esperaba sus apariciones en 'Un, dos, tres' como un acontecimiento.
Nos hacía reír y, segundos después, nos dejaba con la boca abierta.
Más tarde llegó 'Magia Potagia'.
Yo ya tenía vídeo y grababa sus programas en cintas VHS que machacaba hacia delante y hacia atrás intentando descubrir cómo demonios hacía aquello.Nunca conseguí pillarle los trucos, pero conseguí algo mucho más importante: quise ser mago.Cuando llegué a Madrid para estudiar Informática me apunté a la Sociedad Española de Ilusionismo.
Recuerdo perfectamente la primera vez que vi allí a Juan.
Había pasado cientos de horas observándolo a través de una pantalla y, de repente, estaba a escasos metros de mí.Los lunes, después de las reuniones en el Hogar Canario de la calle Fuencarral, salíamos a cenar.
Juan podía pasarse toda la noche con una baraja en la mano haciendo magia a cualquiera que tuviera cerca.
Muchas de aquellas veladas acababan a las ocho de la mañana en un café de la calle Villanueva.
Yo regresaba a casa en autobús, ya de día, pensando que había sido testigo de algo extraordinario .Con el tiempo descubrí que lo más importante que enseñaba Tamariz no eran los trucos.En una conferencia contó que, después de actuar, a veces se escondía en el baño para escuchar lo que el público comentaba cuando pensaba que él no estaba delante.
No quería halagos.
Quería saber la verdad para mejorar.También explicaba que preparaba una solución para cada posible error de sus números.
Antes de salir al escenario imaginaba que cometería diez.
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