Laura Chinchilla, expresidenta de Costa Rica: “Felipe González tiene mucha fisga”
Laura Chinchilla se ríe del símil que inventó Felipe González y lucha cada día por no ser un jarrón chino, como definió el exjefe del Gobierno español el papel de quienes han sido dirigentes y nadie sabe qué hacer con ellos. La expresidenta de Costa Rica (2010-2014) lidera hoy el Club de Madrid, organización que reúne precisamente a muchos de ellos, y visitó España para participar en Centroamérica Cuenta, el festival al que felicita por trabajar como nadie por poner en el mapa una identidad regional que lo necesita. Nació en Carmen, San José, en 1959.
Pregunta. ¿Qué puede hacer un expresidente por su país? ¿Callar o hablar?
Respuesta. (Ríe) Ni lo uno, ni lo otro, sino escuchar. Quienes hablan demasiado tienen menos tiempo de reflexionar. Parte del drama de la política es el verbo incendiario que sale de la boca de los dirigentes en redes sin procesarlo bien y con consecuencias que pueden ser gravísimas.
P. Después de la política, ¿no surge la tentación de meterse en una burbuja y aislarse?
R. Uno de los grandes males de América Latina es que los políticos se aferran al poder. Yo me retiré para regresar desde otro ángulo, más reflexivo, no a la agenda de un país sino a problemas que le son comunes a muchas naciones.
R. Para quienes tenemos vocación es una pasión. Es una actividad de gran intensidad, uno está en permanente descubrimiento de las dimensiones humanas, es la mejor escuela de antropología, ves todas las caras del ser humano, desde lo más conmovedor a lo más mezquino. Y además es el único mecanismo para avanzar, es una obligación más que una opción.
P. ¿Por qué América Latina elige cada vez a más Bukeles o De la Espriellas?
R. No es muy diferente a lo que ocurre en otros países. Hay un agotamiento en Occidente con un ciclo de la política. Sienten que las instituciones no están respondiendo a los problemas y los reclamos a ellas terminan volviéndose un reclamo a la democracia. También hay incertidumbre y temor, es algo compartido en países ricos o pobres. Y luego están unas redes que buscan alentar esos temores, profundizar esas frustraciones. Tenemos líderes sin autocontención, que se desbocan para decir lo que la gente quiere escuchar, aunque sus propuestas no sean realizables.
R. La democracia tiene que volverse mucho más eficiente, resolver las demandas sociales. Pero si los algoritmos continúan premiando el discurso rabioso, polarizante, de ataque y violencia, seguiremos por mal camino. Debemos regularlo. Hasta que no logremos un cambio de narrativas y del papel de las redes va a ser muy difícil revertir estas tendencias en el corto plazo.
R. Antes fui la primera ministra de seguridad de mi país, donde ese espacio es altamente machista. Yo era más joven y eso causó una reacción muy negativa, mucha descalificación y boicoteo abierto, los directores estaban hasta ofendidos por ser dirigidos por mujer. Logramos superarlo y hacer un buen trabajo, que hizo posible mi carrera política, pero lo que aprendí como presidenta es que lo más complejo está por empezar. En mi tiempo, por ejemplo, hubo encuestas que preguntaban a la gente si volvería a votar por una mujer.
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