Alquilar desgracias
No hace tanto, uno alquilaba un apartamento, y no una desgracia.
Quiero decir que una gran ciudad como Madrid vive reventona de tugurios donde la ducha cumple muy bien de lavaplatos.
Todo es cuestión de ordenarse, y de estar un poco en forma.
Un alquiler tiene alegría de atraco, por precio, pero además incluye delito de precariedad, porque a veces el baño mejora, si te vas al bar de enfrente.
No estoy haciendo licencias literarias.
Quien buscó, lo sabe.
Quien lo probó, lo sabe.
En Madrid, y en otras ciudades desorbitadas, las inmobiliarias llaman encanto a la falta de metros.
Lo que perdemos en confort lo ganamos en estilística, eso sí.
Hemos llegado a un virtuosismo inhumano, porque hay sitios por 800 euros de nada donde uno puede ducharse, desayunar y acostarse bajo el hábito de cambiar la postura.
Las visitas ahí se acabarán cumpliendo de pie.
Llevamos días, que son siglos, con el drama de la vivienda encima, pero vamos llamando vivienda a un espacio caro y cumplido, que ya tiene condición de difícil privilegio.
Lo que quiero decir es que la vivienda ya es cualquier cosa, mientras quepa una cama.
Por supuesto, los tugurios se promocionan bajo un entusiasmo comercial donde la miseria se avisa como coquetería.
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