La mujer «inquieta y andariega» (1)
El 17 de diciembre de 2018 se subastaron en Durán unas cajas de libros, unos cuantos discos de pizarra, algunas pinturas y objetos personales… Pecios abandonados por Cernuda en la casa familiar de Sevilla cuando salió de España hacia el exilio.
Entre los libros había varios de sus amigos, dedicados a él, y alguno propio, dedicado a sí mismo (seguramente para no olvidarse de quién era).
Nunca quiso saber nada de ese estanco ni de sus paisanos.
Tampoco mucho de su propia familia, a la que crucificó en un poema inapelable y amargo.
La expectativa era mucha, y la tarde de la subasta había en la sala una gran animación.Asistimos Abelardo Linares, cernudiano de primera hora y librero de viejo, y yo.
La mayor parte de los lotes interesantes se los quedó el Estado , que ejerció el derecho de retracto, y Linares lo encajó con sorna: «En mi librería podrían haber comprado esos mismos libros a mitad de precio».Yo me llevé, casi de balde, un volumen en pergamino, descabalado, de una edición de las 'Obras de Santa Teresa' en cuatro tomos, comprado por Cernuda a saber a qué trapero sevillano y sin valor bibliofílico.
Su único interés era el exlibris del poeta , un papelito blanco muy sencillo, con su nombre en letra inglesa, pegado sobre la guarda.
A los pocos días encontré en internet el tomo que faltaba de las cartas.
Ha sido una de mis lecturas de verano.¿Las leería el poeta en ese ejemplar? Con la 'Vida de la Madre Teresa de Jesús', sus cartas son de lo más notable de aquel siglo XVI.
Se cree que escribió más de cinco mil, de las cuales han llegado a nosotros unas quinientas.
En esas ediciones antiguas se recogen únicamente unas cien, entre ellas algunas de las más conocidas a su hermano Lorenzo , a sus monjas y a unos cuantos licenciados y confesores, entre los que figuran varios canonizados.Hay que leer todas sus cartas, también las que tratan de la oración y la vida espiritual, porque donde menos se piensa…Hay que leerlas todas, también las que tratan de la oración y la vida espiritual, porque donde menos se piensa… Por ejemplo, a uno de esos santos varones, Pedro de Alcántara , le hace una confidencia cautivadora: «Algunas veces me da gran pena el tratar con nadie, y me aflige tanto, que me hace llorar harto, porque toda mi ansia es estar sola; algunas veces no rezo, ni leo, me consuela la soledad, y la conversación (en especial de parientes y deudos) me parece pesada y estoy como vendida».
No lo habría expresado mejor Cernuda.
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