Nunca volví con alegría
Faltaban más de diez días para que agosto terminase y en varios noticieros catódicos emitieron reportajes sobre «la vuelta al cole».
Esta clase de anuncios, cuando era adolescente de instituto y vagancia perpetua, primero me crispaban y luego me arrojaban hasta la playa de la desesperación como una vieja chalupa que encalla por un timón descalabrado.
Se me antojaba harto cruel que nos recordasen tan pronto el retorno a la grisura de las aulas, de la geografía rutinaria, del matemático tedio de los apuntes, del físico muermo de los libros de texto y del carraspeo de ese profesor nicotinoso con deseos de comprensible jubilación anticipada.
Claro que, peor era lo de «al colegio, con alegría».
Nunca marché alegre al colegio.
Acudía porque era mi obligación, pero las alegrías me las proporcionaba el fin de semana, sobre todo cuando descubrí el noctivaguismo de engolfamiento juvenil.
Entiende uno que, pese a lo de Ceuta y a los terremotos, las noticias adviertan acerca de los precios relacionados con el material escolar para el nuevo curso.
Pero tanto aviso mortificaba el tramo final de mis vacaciones.
Nunca me putearon ni los compañeros ni los enseñantes, pero sólo en la libertad de las interminables vacaciones me sentía cómodo.
Establecí un pacto con mis padres: sacaría el curso de manera optima en junio y luego me dejarían ir, más o menos, a mi aire cuando la temporada estival.
Leía, pues, en la cama hasta las cinco de la mañana.
Uno de esos veranos me tragué cada noche una ejemplar de la 'Série noire' de Gallimard, que mi padre poseía una buena colección.
Luego me levantaba justo a la hora de comer, con la legaña encajada y el sabor de la pereza en los labios.
Después me cascaba una siesta apoteósica y, cumplido ese rito, visitaba el asilvestrado recreativo del pueblo donde mamarracheábamos («Mogambo», se llamaba).
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