Todo lo que perdimos sin darnos cuenta
El otro día entramos en una conocida panadería toledana , de las pocas que todavía quedan con su propio horno donde cocer el pan.
La dependienta que despachaba, una simpática mujer a la que le encanta conversar con los clientes, parecía disgustada.
Nos contó que poco antes estaba atendiendo a una anciana cuando entró en la tienda un joven, el cual, viendo que la señora mayor rebuscaba torpemente en su monedero una calderilla mientras con voz pausada hablaba de no sé qué asunto de médicos u hospitales, puso mala cara, se dio la vuelta y salió por donde había venido.
Es muy posible que esa anciana no hiciese ese día otra salida de su casa que la de comprar el pan y que ésta fuese una de las pocas ocasiones que tenía para hablar con alguien y aliviar su soledad, pero al joven le faltaba el tiempo y la paciencia para esperar su turno.
Es lo que tiene la sociedad de la inmediatez y del rendimiento en la que el tiempo resulta tan valioso que no podemos perderlo inútilmente.
La barbarie de lo útil, con su lógica del coste-beneficio, está corrompiendo nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos, sin entender que lo más superfluo o inútil constituye lo más preciado y valioso, precisamente aquello que nos humaniza.Estas líneas tratan de recordar algunas de esas cosas que han desaparecido de nuestras vidas sin apenas enterarnos, como el olor a tahona, la pérdida de tiempo sin necesidad de justificación alguna o la improvisada charla en el autobús, la consulta del médico o la cola de la pescadería, es decir, lo que era la vida antes de la aparición de los dispositivos móviles y las redes sociales.
Nuestra memoria se va degastando a la vez que lo hace nuestra capacidad de atención, de modo que ya ni siquiera nos apercibimos de aquello que formaba parte de nuestro paisaje vital.
Lo que antes constituía una parte importante de nuestra cotidianidad, empezó a oscurecerse hasta desaparecer en silencio.
Cambios grandes, pero sobre todo cambios sutiles, precisamente los que afectan a esas pequeñas cosas que son los que dan el tono o el estilo a nuestras vidas.
Los que tenemos ya cierta edad echamos de menos muchas de estas cosas.
Echamos de menos las tiendas de barrio, los juegos espontáneos en la calle de los niños, los quioscos en los que comprábamos los periódicos los fines de semana, e incluso la propia prensa en papel.«Extrañamos a las vecinas del barrio que se salían a tomar el fresco en las noches de verano, y a los familiares y amigos que llamaban a tu puerta sin avisar» Luis Peñalver AlhambraExtrañamos el aleteo de las mariposas, que ya apenas se ven, y los zapateros, los escarabajos y los saltamontes que salían a nuestro paso cuando paseábamos por el campo; o, cuando el sol se ponía, el canto de los grillos y el brillo de las luciérnagas.
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