Terrorismo
Lo que deberíamos haber aprendido del terrorismo nueve años después del atentado que se desató sobre las ciudades de Barcelona y Cambrils.
Que la barbarie terrorista aparece y reaparece y no estamos frente a la rebelión de pueblos subyugados ni ante la revuelta de masas oprimidas.
El terrorismo no obedece a la pobreza o a la injusticia como lo demuestra el hecho de que en los países más pobres e injustos del mundo el terrorismo no ha florecido.
Que el terrorismo es transparente: la barbarie proviene de un fanatismo étnico o religioso que, o bien quiere imponer un orden autoritario y excluyente, o bien quiere destruir la civilización occidental.Que el terrorismo es una mística violenta que practica la obediencia ciega y glorifica el martirio frente al enemigo.
Que nadie busque la causa, porque la causa no existe.
El fanatismo y el terrorismo no son el resultado de un problema, sino que son el problema.
Que estamos ante una psicopatología endógena que se alimenta a sí misma con el odio.
Esa psicopatología –este odio–, repleta de elementos telúricos, va generando una mística violenta (la lucha armada como camino de perfección) y vengadora (la represalia que desagravia a los oprimidos y mártires) que diviniza y ritualiza un comportamiento criminal que llega al extremo de no tener en cuenta los costos, porque el Mal absoluto viene de un Enemigo absoluto que se ha de exterminar a cualquier precio.
Que se trata de un fenómeno criminal de raíz sectaria, dotado de una particular hybris destructiva, que engendra una subcultura de la violencia que obedece a la llamada de unos dioses, secularizados o no (Patria, Tierra, Pueblo, Antepasados, Dios, Profeta), que se traduce en una singular manera de ser y estar en el mundo.
Que no vale ningún «pero» y que la democracia, vulnerable por su propia naturaleza, debe defenderse frente al terrorismo.
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