La paradoja de Trump en Venezuela: se llevó a Maduro pero mantuvo al régimen
Donald Trump acababa de sacar a Nicolás Maduro del poder cuando hizo algo incluso menos previsible que semejante operación: descartar de entrada a María Corina Machado.
Apenas unas horas después de la captura, el 3 de enero , compareció en su mansión de Mar-a-Lago y a efectos prácticos la apartó de la transición: «Creo que sería muy difícil que ella fuera la líder.
No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país .
Es una mujer muy agradable, pero no tiene ese respeto».La frase confundió sobre todo a una oposición venezolana que entonces estaba en estado de euforia por la captura del dictador.
Machado había sido durante años su figura más reconocible, contaba con importantes aliados en Washington y su partido, con ella inhabilitada de forma arbitraria, había ganado con contundencia las últimas elecciones.
Pero Trump acababa de dejar claro que derrocar a Maduro no significaba entregar inmediatamente el poder a quien había encabezado la lucha contra él.
Era la primera señal de que la transición que preparaba Washington iba a ser muy distinta de la que muchos habían esperado.Todo aquello resultaba especialmente extraño en una Administración cuya diplomacia estaba en manos de Marco Rubio, durante años uno de los principales defensores de Machado en Washington y que, siendo senador, había llegado incluso a promover su candidatura al Nobel de la Paz.
Rubio se había consolidado ya como uno de los hombres fuertes del Gobierno: disciplinado y leal a Trump, capaz de acumular responsabilidades y, al mismo tiempo, con unas credenciales republicanas difíciles de cuestionar.
Durante sus años en el Senado había hecho de la oposición a las dictaduras de América Latina una de sus principales señas de identidad.Y probablemente ningún dirigente de la oposición democrática venezolana había defendido con tanta vehemencia como Machado la necesidad de una política de máxima presión como la que Trump y Rubio acababan de llevar hasta sus últimas consecuencias.
Durante años había reclamado sanciones contra el régimen y sus fuentes de financiación y sostenido que Maduro, protegido por un formidable aparato represivo y amparado por Cuba, Rusia e Irán, no abandonaría jamás voluntariamente el poder.
En 2019 lo formuló sin demasiados rodeos: «Es evidente que no va a ceder el poder sino ante la amenaza real de una fuerza superior a la que ellos aplican».Y, sin embargo, apenas consumada aquella operación, la prioridad de Washington pasó a ser otra.
Desde entonces, en la Casa Blanca se vio a Trump oscilar entre un evidente afecto personal hacia Machado y la defensa de una transición que descansaba, al menos inicialmente, sobre Delcy Rodríguez y buena parte de las estructuras que habían sobrevivido a Maduro.
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