Con los nazis en los talones
En la primera década de este siglo era frecuente ver en el puerto de Palma a un hombre de unos setenta años vestido con una camiseta blanca y dedicado a bruñir con un trapo los pasamanos de latón de su barco, un velero deportivo de corte austero, elegante y clásico.
Era el rey Harald de Noruega, que solía participar en las regatas mallorquinas de verano y de vez en cuando subía hasta Marivent para charlar con su 'colega' Juan Carlos y cumplimentar a la reina Sofía, con quien de joven habían intentado casarlo antes de que él se empeñase en contraer con una chica burguesa, Sonia Haraldsen, el primer matrimonio morganático de las monarquías europeas en el período contemporáneo.
Aquel hombre de aspecto discreto y modales sencillos había vivido de niño una peripecia histórica dramática cuando su madre, la princesa Martha, emprendió con él y sus hermanas una angustiosa fuga bajo las bombas alemanas mientras su abuelo –el rey Haakon– y su padre Olav sufrían la persecución de los nazis a través de la gélida taiga escandinava.
La aventura acabó con la reagrupación familiar bajo la acogida del presidente Rooselvelt en la Casa Blanca y la posterior restauración, al final de la guerra, de una Corona constitucional aclamada por su compromiso con las libertades y la democracia.
La que le tocó asumir a finales de los noventa, con el país ya convertido por el petróleo en una sociedad próspera, dinámica y avanzada donde la soberanía parlamentaria impone altos estándares de inclusión y tolerancia.Reinó tres décadas y media sin mayores contratiempos que los que le ocasionó su hijo Haakon al seguir su ejemplo de desposarse con una mujer de origen modesto y pasado que ella misma definió como «salvaje y turbulento».
A los escándalos de Mette Marit, salpicada en el sórdido 'caso Epstein' y madre de un violador convicto, se unió el de la princesa Martha Luisa al casarse primero con un escritor bastante excéntrico –que se acabó suicidando– y luego con una especie de hechicero.
Una secuencia de episodios truculentos que ha minado el prestigio de la institución entre los habitualmente serenos ciudadanos noruegos.
Sólo el arraigo popular del monarca muerto logró embridar una crisis reputacional que ahora amenaza el trono de su heredero.
Las monarquías modernas se sostienen mientras no den problemas.
Son emblemas de estabilidad y convivencia fruto de un pacto de excepcionalidad política cuya fortaleza se basa en la observancia de una conducta modélica, un innegociable paradigma de ejemplaridad donde el pueblo refleja las virtudes que aprecia.
En el siglo XXI ya no es posible sostener la tradición endogámica de la realeza pero sus miembros, sean de estirpe dinástica o de cuna plebeya, están sometidos a un escrutinio público de enorme exigencia.
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