El pájaro verde
Lo recuerdo como algunas cosas importantes de la primera infancia.
Sin demasiados detalles, pero asociadas a momentos muy especiales.
El pájaro verde fue el primer libro que vuela en mi memoria como verdaderamente mío.
Era un libro de colegio, de esos de tapas duras que las visionarias mamás forraban en los años 70 y 80 para garantizar su resiliencia y desarrollo sostenible.
Formaba parte de aquel aprendizaje en el que las letras iban dejando de ser dibujos para convertirse en palabras y las palabras empezaban a construir historias.
Cada pequeño avance producía una sensación extraordinaria: entender algo que previamente permanecía oculto.Cuando nos topamos con los catastróficos resultados del último Informe PISA y advertimos el deterioro de la comprensión lectora entre nuestros escolares, no puedo evitar pensar en aquel niño que aprendió a leer con las aventuras de aquel entrañable loro.Éramos una generación educada bajo una expresión que hoy sería un escándalo: «la letra con sangre entra» .
Aunque quizá no era más que llamar a las cosas por su nombre.
Aprender exigía esfuerzo y disciplina.
En la reacción contra aquella ¿horrenda? pedagogía del premio y el castigo, nos hemos dejado muchos pelos (o plumas) en la gatera: confundir una educación sin dureza con una educación sin exigencia .
Porque aprender siempre ha requerido esfuerzo.
Y leer, todavía más.Leer no consiste simplemente en aprender a descifrar palabras.
Consiste en aprender a comprender el mundo.
Y ahí el problema deja de ser exclusivamente del Ministerio de Educación, Deportes y Formación Profesional.
Porque un individuo que no comprende lo que lee tiene más dificultades para interpretar una noticia, descifrar un discurso, distinguir un argumento consistente de la palabrería o sostener una opinión propia.
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