Canciones de un mundo perdido
Los 80 y los 90 son años de peinados imposibles: de Margaret Thatcher a Robert Smith, pasando por todos los punks habidos y por haber, los new romantics y algún skinhead que otro, el consumo de laca debió de crecer exponencialmente en esas décadas y probablemente contribuyó a agrandar unos cuantos centímetros el agujero de la capa de ozono.
Londres en esos años era un animal vivo e inquietante.
Cruzar la ciudad de noche, de camino al sacrosanto Ministry of Sound que abrió en el 90, era una odisea: te podían caer insultos, escupitajos, el vómito del tipo sentado a tu lado en el metro, conversaciones sin pies ni cabeza con estudiosos de Philip Larkin puestos de algo que ni ellos mismos sabían qué era, y cuando conseguías entrar allí por fin, tras una cola demencial, siempre bajo la lluvia, te dabas cuenta de que diez libras no te iban a alcanzar para beber nada, a menos que quisieras volver andando 25 millas hasta tu habitación alquilada, forrada hasta el techo de moqueta, en una casa que olía a Earl Grey y a Marmite, ese extracto de levadura viscoso que se unta en las tostadas y que sabe a algo que nunca debería haber existido.La música era buenísima y sonaba con una potencia increíble.
Tan buena que podías bailar completamente sobria.
Nunca he bailado tantas horas seguidas en mi vida ni he sentido tantas ganas de abrazar al DJLa música era buenísima y sonaba con una potencia increíble.
Tan buena que podías bailar completamente sobria.
Nunca he bailado tantas horas seguidas en mi vida y nunca he sentido tantas ganas de abrazar al DJ (Fatboy Slim, DJ Harvey, tantos…).
Recuerdo la noche que escuché la voz de Caron Wheeler en directo cantando Back to life , coreada salvajemente por las ochocientas personas de la sala (teóricamente cabían sólo seiscientas).
Recuerdo los primeros temas de The Bucketheads, Depeche Mode, The Housemartins, Joy Division, Frankie Goes to Hollywood, Pet Shop Boys, Human League, Orchestral Manoeuvres in the Dark, Style Council… Pero, si soy honesta, lo que realmente recuerdo es un grupo que nunca sonaba en el Ministry of Sound: The Cure. «Too sad» ('demasiado triste') decían cuando preguntaba por qué nunca lo pinchaban.
La voz de Robert Smith, su actitud vital, su mera existencia han sido grandes compañeros de vida.
Robert Smith es seguramente la estrella del pop más íntegra, lúcida y coherente de las últimas décadas.
Dice lo que siente y cuando no tiene nada que decir se calla.
Te lo puedes imaginar en las reuniones de marketing de su discográfica partiéndose de risa.
Sus canciones tocan una fibra muy precisa: hablan a los niños incomprendidos, inocentes, tristes, de buena fe.
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