La mujer sin nombre
Tenía 70 años.
O eso dicen, porque era transparente, como tantas personas a las que nos cruzamos en el día a día sin percatarnos de su existencia.
Nadie sabe nada, nadie vio nada, nadie la conocía, nadie ha reclamado sus pertenencias.
Era la mujer sin nombre.
La periodista Cristina Rubio llamó a todos los telefonillos de los edificios situados junto al trastero en el que residía.
Más de tres horas estuvo rondando la zona de Tejares y todos los vecinos desconocían de quién se trataba.
Como si no hubiese existido, como si aquellos 70 años de vida se resumieran en el montoncito de bolsas apiladas en un exiguo cubículo donde iba a dormir cada noche.
Por no tener dónde quedarse.
Por no tener quién le diera cobijo.
La mujer sin nombre no tuvo velatorio, ni tendrá misa, ni lápida que la recuerde.
Igual que a los huérfanos les apellidaban Expósito, a los viejos a los que todos damos la espalda podríamos llamarles Soledad.
La que sienten los dos mendigos que duermen en el garaje de casa con todo nuestro desprecio y que piden en la puerta del Gran Poder.
La misma que intentan paliar los voluntarios de Alameda de Mayores que se reúnen en San Juan de la Palma y que ven reflejada su amargura en la cara de la Virgen.
Así murió Joaquina, la vecina de mi abuela que vestía de ruan diario, con el cíngulo del Señor al que visitaba cada viernes.
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