La poesía no ha muerto
Dice Andrés Trapiello que la poesía no ha muerto, esto es que vive, pero no así el mundo que la necesitaba.
Lo dice, a su manera, para celebrar un aniversario de la editorial La Veleta, que el escritor fundó hace ahora cien libros de poemas, después de otras aventuras editoriales, como Trieste.
Y lo celebra con la publicación de las traducciones de Emily Dickinson que debemos a Carlos Pujol, lector y traductor y persona inmejorable.
Que el mundo haya necesitado la poesía alguna vez es una interesante hipótesis que muchos hechos podrían desmentir.
O muchos versos: la flor que el arado destroza en el poema de Catulo, las cuatro personas para las que escribía Pound (¡oh mundo, lo siento por ti!), la tumba en el aire que excavan los judíos de la ‘Fuga de la muerte’ de Celan, o el combatiente ejecutado ante los ojos de René Char, caído como una hoja que una ráfaga de viento arrastraría...
O la misma ausencia que Omar Jayyam mostró a la Luna hace mil años desde un huerto en el Jorasán iraní: ‘Cuantas y cuantas veces volverás a buscarme en el mismo jardín y todo será inútil’.
En el Jorasán este 2026 se dispara sobre manifestantes indefensos con fusiles de asalto desde las azoteas.
Así que el mundo no necesita la poesía, pero que esa mirada exista mejora el mundo.
Volviendo a La Veleta, resulta hermoso que una editorial que ha mantenido el rumbo durante ya 100 números, como brújula infalible de la poesía, se ponga bajo la advocación de esa otra flecha que bebe los vientos y juega señalando aquí y allá con líneas tan imaginarias como los meridianos y los versos.
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