La sombra de Estados Unidos se alarga sobre el sur de Groenlandia: “Vamos a perder nuestras casas”
El Museo de Narsarsuaq ya no tiene un horario fijo. Desde que el aeropuerto cerró en primavera, apenas llegan visitantes a esta remota localidad del sur de Groenlandia. No obstante, si alguien pregunta por la casa de Ole Guldager y se acerca a pedirle que lo abra, él accede encantado. El museo ocupa uno de los barracones de la antigua base militar, un edificio alargado de madera, pintado de rojo y con chimenea de ladrillo. Junto a la entrada se exhibe el motor radial de un avión de la Segunda Guerra Mundial, corroído por décadas de exposición a la intemperie. Detrás del edificio se extiende la pista de aterrizaje que soldados de Estados Unidos construyeron en tiempo récord. Hoy, sin embargo, ese mismo país emerge no como un aliado del pasado, sino como una creciente amenaza para la soberanía y los recursos naturales de la isla, especialmente en lugares como Narsarsuaq, una de las tres bases que Estados Unidos aspiraría a reabrir.
Cuando Guldager enciende las luces, de la penumbra emergen uniformes, fusiles y carabinas, teléfonos de campaña, una camilla metálica del antiguo hospital, máquinas tragaperras y cartas confiscadas por la censura que relataban el aislamiento extremo y que nunca llegaron a su destino. Las salas reconstruyen la vida cotidiana de los miles de militares, pilotos y enfermeras estadounidenses que pasaron por la antigua base. Entre los cientos de fotografías destacan varias de Marlene Dietrich , tomadas en 1944. Durante unas horas, la actriz llevó el espectáculo de Hollywood hasta aquel inhóspito rincón entre fiordos y montañas para levantar el ánimo de las tropas.
Guldager llegó a Narsarsuaq siendo un niño. Nació en Dinamarca, pero su padre trabajaba en el aeropuerto civil en el que se había convertido la antigua instalación militar tras la marcha de los estadounidenses a finales de los años cincuenta. Historiador y arqueólogo —además de uno de los escasos apicultores de la isla—, ha dedicado buena parte de sus 58 años a investigar sobre el lugar donde creció y decidió quedarse.
El último avión aterrizó en abril. El aeropuerto se cerró porque abrió otro en Qaqortoq, la capital regional, donde viven unas 3.000 personas, y no tiene sentido mantener dos para una población tan pequeña. Pero la realidad es que desde entonces, Narsarsuaq se ha ido vaciando. Guldager calcula que de los 150 habitantes que tenía quedan unos 40. Todo giraba alrededor del aeropuerto, que durante más de seis décadas fue la principal puerta de entrada al sur de la isla, absorbiendo cada verano el tránsito de miles de pasajeros. Ahora hay semanas en las que apenas llega una decena de visitantes. El hotel, uno de los más grandes de Groenlandia, bajó la persiana el mismo día que el aeródromo.
Entre quienes no se plantean marcharse está Storch Lund. Nieto de Henrik Lund —el poeta que compuso la letra del himno de Groenlandia—, creció en una granja al otro lado del fiordo y se mudó a esta orilla siendo adolescente para trabajar como aprendiz de mecánico. Llegó a dirigir el aeropuerto durante más de dos décadas, además de regentar una cafetería y una tienda de souvenirs que cerró hace unos meses.
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