Los venezolanos protestan ante la legitimación internacional de Delcy: «No la elegimos y no nos representa»
Frente al edificio de Naciones Unidas en Caracas, Nuris Medina permanecía entre decenas de manifestantes, la mayoría mujeres.
Tiene sesenta y cinco años, es abogada y afirmó que llevaba veintisiete años en la lucha política venezolana. «La actitud de Trump me parece inconcebible, mala para los venezolanos.
Está metiendo la pata», afirmó.
Detrás de ella se escuchaba: «No la elegimos y no nos representa».Otra mujer alzaba la voz entre dirigentes y representantes de la sociedad civil. «Se nos están muriendo nuestros ancianos», decía.
Después reclamaba elecciones y resumía el desencanto del grupo con una imagen popular: agradecía a Trump que las fuerzas estadounidenses se hubieran llevado a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, pero le reprochaba haber dejado «a los cuarenta ladrones». «¿Cuándo te los vas a llevar, Donald Trump?», gritó sin esperar respuesta.La protesta rechazaba la participación de Rodríguez en el 81º periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU y su intervención prevista para el jueves.
Las consignas no se dirigían solo contra quien asumió la Presidencia interina tras la captura de Maduro.
También señalaban a Washington: «Cese al apoyo de Estados Unidos a la dictadura», «Fuera la injerencia de Estados Unidos de Venezuela».Promesa interrumpidaEse doble destinatario marcaba la concentración.
Durante meses, parte de la oposición pidió a la Administración de Trump presión para abrir una transición.
Ahora, algunos de aquellos ciudadanos interpretaban el acercamiento de Washington a Rodríguez como una promesa interrumpida.
No protestaban contra Estados Unidos en los términos del viejo discurso chavista, sino contra el uso que estaba haciendo de su influencia.Medina vinculaba su disgusto con lo ocurrido desde enero. «Se llevó a la cabeza y dejó todo el cuerpo», dijo sobre Trump y la captura de Maduro.
A su alrededor no había una multitud capaz de bloquear la avenida.
Había voces aisladas y la obstinación de quienes todavía acuden a una convocatoria en una ciudad que durante años midió sus crisis por el tamaño de sus marchas.El número reducido de asistentes no permite afirmar qué piensa el país, pero deja una pregunta incómoda.
El enfado de las conversaciones y los estudios de opinión no encuentra la misma traducción en la calle.
Puede ser cansancio, miedo o la sensación de que las decisiones sobre Venezuela vuelven a tomarse fuera.
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