El verano que escribo
Si tuviese todo el dinero del mundo, tendría una casita sin escaleras, con paredes altas y el fuego siempre encendido para que todas las mujeres de mi vida pudiesen cobijarse del frío y de las malas noticias.
Sé que vendrían risueñas, con sus gatas y perros, con los libros y las tazas favoritas, con restos de mermelada aún en las comisuras y el olor a pan tostado escondido en los bolsillos.
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