La crisis de Ceuta se mantiene abierta en canal un mes después
Un mes después de la ruptura de la frontera del Tarajal, por la que entraron más de 80.000 personas en apenas 48 horas , Ceuta es una ciudad con los ánimos por el suelo. La profunda sensación de abandono institucional, a la que se suman altas dosis de indignación, miedo e incertidumbre, se ha apoderado de las calles. Las mismas por las que siguen deambulando miles de inmigrantes. Los caballas, a los que les han robado su agosto (su tranquilidad, su libertad) con confinamientos que no los decreta el BOE sino la falta de seguridad, temen que la crispación que emana de la indignación quiebre su histórica convivencia multicultural. Que el crack en la frontera con Marruecos agriete de forma irreversible a una población con la paciencia al límite por las promesas incumplidas.
A Manolo Fernández lo conocen en Ceuta como Manolo Estanco . Por las cuatro décadas que lleva regentando el quiosco de la plaza de la Constitución, en pleno centro de la ciudad, donde –a simple vista– más se ha recuperado el pulso. Pero con una frase echa por tierra esa tesis. “Vendo más del doble de tabaco que hace un mes: en cajetillas, de liar, en bolsas de nicotina. Bolsas de gusanitos, ninguna, pero cigarros a todas horas. Mira la cola”, asegura mientras señala la acera, con un grupo de inmigrantes a la espera pero sin un solo niño a la vista. La poca presencia de pequeños por las calles es uno de los síntomas más claros del miedo colectivo. “Mi nieta de seis años sigue encerrada en casa. Sin playas, sin parques”, lamenta Fernández, quien invita a “todo aquel que hable de normalidad” a que pasee por los espacios públicos de los barrios, defendiendo que aún es evidente “la situación descontrolada”. Un paseo que no implica excesivo tiempo: la ciudad no abarca más de 20 kilómetros cuadrados, pero es que sus 84.000 habitantes se concentran en siete kilómetros cuadrados.
En las últimas cuatro semanas, Manolo Estanco ha colocado en la repisa de su quiosco periódicos con portadas que recogían que el Gobierno expulsaría a “todas” las personas que entraron irregularmente. Y esa promesa ha levantado muchas ampollas entre los ceutíes. Primero, como dice Fernández, porque es falsa. La población en estos días se ha hecho un curso acelerado de política migratoria: ha aprendido que los subsaharianos son potenciales asilados que no pueden ser retornados inmediatamente, como tampoco los menores inmigrantes. La gran mayoría volvió por su propio pie el primer fin de semana de agosto, pero luego el grifo se cortó. “Está indignado todo el pueblo. El mensaje que se lanzó desde el minuto uno sobre las devoluciones no se ha cumplido. Al sentimiento de abandono generalizado se suma el engaño”, analiza Fátima Hamed, la primera mujer musulmana al frente de un partido político en España.
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