Cuando la izquierda cultural yerra
Desde hace un tiempo hay una pregunta que me ronda.
Aparece después de ciertas conversaciones, al leer algunos artículos, en una sobremesa, en un camerino, después de un estreno.
A veces incluso mientras escucho a personas a las que admiro.
La pregunta tiene que ver con la posición política dominante en mi sector profesional, eso que, simplificando bastante, podríamos llamar la izquierda comprometida.Conviene aclarar algo: no escribo esto desde la otra orilla.
No he tenido ninguna revelación ni vengo a contar que por fin he visto la luz mientras los demás siguen dentro de la caverna.
Procedo del mismo mundo que estoy intentando mirar críticamente.
Comparto muchos de sus valores y seguramente sigo interpretando la realidad desde bastantes de sus categorías.
Cuando hablo de nosotros, hablo de nosotros de verdad.
Quizá precisamente por eso me preocupa.Soy dramaturgo y hay una cosa que el teatro te obliga a hacer: intentar entender a personas con las que probablemente no tomarías un café.
Cuando escribes un personaje no puedes limitarte a decidir que es malo y ya está.
Eso no significa justificarlo, significa comprenderlo.
Y esa diferencia, que en el teatro nos parece elemental, curiosamente se vuelve mucho más difícil de aceptar cuando entramos en política.
Podemos pasar meses intentando entender las razones de Medea, de Ricardo III o de un padre de familia monstruoso y, sin embargo, ser incapaces de concederle una sola razón atendible al vecino que vota distinto.En nuestra pequeña república cultural encuentro una enorme coincidencia no solo de valores, sino también de diagnósticos.
Hay acontecimientos sobre los que parece que sabemos qué pensar antes de conocerlos del todo.
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