La izquierda en el embudo
Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, el único candidato electoral que importa es el que encabeza la lista de Madrid , tradicional emplazamiento de los aspirantes a la presidencia del Gobierno. (En las autonomías suelen ir por sus provincias de arraigo o de nacimiento, pero a escala nacional impera aún el prestigio simbólico de la capital del Reino).
El resto son secundarios, subalternos de relleno.
Para los políticos profesionales, sin embargo, la inclusión en los puestos altos de la papeleta, los que tienen posibilidad de convertirse en asientos del Congreso, constituye una cuestión existencial, una fe de vida, un certificado de pertenencia a esa élite que se autopercibe como un grupo selecto en cuyas manos se encuentra el destino de un país entero.
Y estos días de preselección se convierten en un sinvivir de angustia para ellos, pendientes de que el dedo del líder del partido marque su número de teléfono para comunicarles que han sido agraciados con una plaza preferente en su núcleo de confianza más estrecho.Pocos empleos hay en España que ofrezcan un contrato de cuatro años.
Con fuero de inmunidad e inviolabilidad y además blindado porque la jurisprudencia sobre el mandato representativo establece que el diputado electo es el depositario individual de la voluntad de los ciudadanos, y por tanto nadie puede desposeerlo de esa condición aunque abandone la formación política en cuya nómina haya accedido al cargo.
El salario es de un directivo de nivel medio o de un alto funcionario pero el puesto no exige otra cualificación que la de una disciplina demostrada a los dirigentes del aparato; tampoco da demasiado trabajo en la mayor parte de los casos y permite asistir a los grandes debates nacionales en primer plano.
En las circunscripciones pequeñas proporciona también un cierto estatus reputacional ante los paisanos.
El problema surge cuando las expectativas de las siglas propias se achican y las encuestas pronostican un mal resultado.
Entonces sobreviene esa clase de pulso cainita en que los compañeros se vuelven adversarios en la competencia por sortear el atasco.En esa tesitura se mueven ahora las fuerzas de izquierda.
El sedicente 'progresismo' anda en horas bajas y su nomenclatura no disimula la contienda por colocarse en las planchas.
En el seno del PSOE se libra una batalla con vistas a tomar posiciones en la oposición o asegurarse una ventaja en el poder si alguna carambola sorpresiva hace sonar la flauta.
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