Mantener a la ONU con vida
Ahora las principales potencias adoptan la cruda lógica del siglo XIX, recurriendo a las esferas de influencia sin necesidad de buscar un disfraz ideológico
El nuevo mundo que surgió tras la Primera Guerra Mundial no tardó en fracasar. La Sociedad de Naciones, precedente de la ONU, nació débil. Estados Unidos quedó al margen, pero su pacto fundacional admitía la legitimidad de la doctrina Monroe, que planteaba la hegemonía estadounidense sobre todo el hemisferio occidental . Aquella concesión sirvió al jurista nazi Carl Schmitt para reivindicar el derecho de Alemania a impulsar la expansión regional: el Großraum , el Gran Espacio en el que ninguna otra potencia debía interferir . La lógica imperial rebrotó en varios frentes: del reparto de Polonia entre alemanes y soviéticos al dominio japonés de partes de Asia oriental y el Pacífico, de Manchuria al Sudeste Asiático.
Tras el cataclismo de la Segunda Guerra Mundial, se articuló una nueva idea de la gobernanza mundial basada en la combinación de la primacía y el derecho de veto de las grandes potencias con el concurso de todas las demás. Entre enormes tensiones y episodios de parálisis, la ONU conservó su legitimidad durante la Guerra Fría y floreció, tras la caída del Muro de Berlín, en los años del optimismo liberal.
Ese paréntesis quedó atrás y ahora las principales potencias adoptan la cruda lógica del siglo XIX, recurriendo a las esferas de influencia sin necesidad de buscar un disfraz ideológico.
En 2022, Putin justificó la invasión de Ucrania negándole cualquier derecho a existir . Presentó a su vecino como una lamentable invención de los bolcheviques, nada más que un Estado marioneta que los rivales de Moscú podrían utilizar para dañar los legítimos intereses rusos.
Desde 2013, Xi Jinping ha acelerado la construcción de islas artificiales sobre arrecifes en disputa , con el ánimo de proyectar su poder en el mar de la China Meridional, como hizo Washington en el Caribe a finales del siglo XIX.
Y Trump dibuja un nuevo mapa de Estados Unidos que comienza en Groenlandia y termina en el canal de Panamá. Actualiza la doctrina Monroe y despliega una desordenada agenda unilateral, de la toma de Venezuela a los fallidos ataques contra Irán , sin siquiera molestarse en presentar ninguna justificación jurídica ante las Naciones Unidas. Hace solo dos décadas, George W. Bush trató al menos de contar con el aval del Consejo de Seguridad antes de invadir Irak, un síntoma de que algunos de los códigos que importaban entonces ya no parecen tener ningún valor. Con Trump, Estados Unidos desprecia las alianzas y las estructuras multilaterales que han ayudado a construir el poder de Washington y han proporcionado seguridad y riqueza a Occidente.
Ese desprecio define el nuevo tiempo de la ONU. A su pérdida de relevancia se suman los problemas económicos provocados por la reducción de los fondos aportados por Washington, su principal contribuyente. Por orden de Trump, Estados Unidos ha abandonado decenas de organismos y ha demorado hasta hace pocos días los pagos imprescindibles para conservar su derecho al voto.
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