Vender distopías
Uno de los negocios más sanguinarios del siglo XX fue la venta de utopías, ante la cual palidece hasta el comercio de esclavos o la industria del café de especialidad.
Isaiah Berlin lo describió con una sencillez deslumbrante: los grandes problemas políticos vienen de aquellos que creen que el hombre, y por tanto el mundo, tiene una solución, y que si seguimos la ruta adecuada es posible llegar al paraíso terrenal.
Ante esa promesa –la desaparición del mal, del conflicto, un edén de seres felices y desnudos– es difícil no aceptar el sacrificio como moneda de cambio, entregar el presente imperfecto por un futuro perfecto en el que los hombres puedan entregarse al placer de no discutir, de no pensar, de no trabajar, de no votar. ¿Quién no ha soñado con no votar, con no volver a preocuparse de caer en una mesa electoral? ¿Quién no quiere vivir en el lado correcto de la ecuación, de la historia, de la cama? Cuando llega el invierno y esta promesa deja de funcionar, cuando la gente escoge el hoy y no el mañana, siempre hay alguien que se levanta y grita: yo por mi utopía mato.
Y así se resumen tantos grandes exterminios.Como vivimos en un tiempo sin imaginación –y por eso nos gusta tanto la inteligencia artificial, porque imagina por nosotros mientras nos dedicamos a los trabajos mecánicos y fantaseamos con ser amebas–, las utopías han desaparecido de la conversación pública.
Lo interesante es que esto no ha trastocado la mecánica del mercado político, acaso porque esta no puede cambiar y estamos condenados a la conjugación del condicional.
Así, donde antes se prometía un futuro brillante ahora se asegura un fin del mundo inminente, y es para evitarlo que se exigen sacrificios cada vez más grandes: se empieza pidiendo clemencia ante la corrupción y se acaba por mendigar aplausos para una satrapía que utiliza a los vulnerables como arma arrojadiza.
Siempre es mejor eso que gobierne el fascismo, o sea, la oposición.
O sea, el infierno.
El negocio de la distopía es más eficiente que el de las utopías, pues te exime de la engorrosa tarea de imaginar un mundo mejor, y más aún, de mejorar el presente: ante un inminente apocalipsis cualquier problema puede posponerse, del estado de las vías del tren a los planes de emergencias, pasando por la seguridad de las fronteras, las colas de esperas en la sanidad y los resultados del informe PISA.
Lo urgente es otra cosa: el mal absoluto, ese discurso peligrosísimo de la oposición, sus opiniones sobre el mercado de la vivienda, que inflarán más los precios todavía que nuestra inacción o nuestras medidas erradas.
Ante esto, la oposición ha optado por un discurso elaboradísimo: nosotros no somos ellos.
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