El romance de Emilio de Justo y la mala afición de la diosa Fortuna
La tarde nació torcida desde que se confirmó que la ganadería titular, Garcigrande, no tenía una corrida acorde por los problemas en los pitones que lleva arrastrando esta temporada.
No era fácil encontrar a estas alturas un encierro de la talla de Morante, pero el milagro del campo escondía un conjunto del Vellosino, esa divisa de la que hace unos años se sacó un cantar imitando el ritmo del anillo de Jennifer Lopez. «¿Y el Vellosino pa cuándo?» Pues para el 11 de septiembre, con una escalera que estrenó Gitano, idóneo para la industria cárnica y muy aparente para la dominical de rejones.
Para colmo, aquel zambombo no podía ni con la penca del rabo.
Suelto y huido, no ayudó la lidia ni el mitin en banderillas.
Todo hacía indicar que el de La Puebla abreviaría, pero obsequió unos zurdazos de quietud, con el magisterio de su técnica, alzando las telas en la despedida para que no se desplomara.
Pero con semejante material nada tenía sentido.
Y eso que José Antonio es capaz de alegrar por torerías faenas sin toros.
No pudo ser esta vez.
Ni tampoco con el siguiente.
Otra vez sorteó el peor lote, como si la diosa Fortuna se empeñase en llevarse el título a mala aficionada.
Más ilusión que realidad en las verónicas al suelto y destartalado cuarto, aunque reverdeció un trébol con ese nosequé de la hondura, de la cadencia y de la espera, con Lombardo frenándose.
Ahí quedó una media de categoría y ese inicio para paladear con los ayudados, la trincherilla, el de pecho... «Dale sin miedo, que ese no te coge», dijo la voz de la tontuna.
Y Morante movió los dedos y pareció hacer el gesto del 'baja tú'.
Y siguió a lo suyo, que era torear.
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